En Santa Lucía, hay un guerrero que mantiene viva la llama del boxeo aficionado, demostrando que en la provincia también se forjan campeones de bien.
Quinto Rivera no alcanzó a figurar en el profesionalismo pero con 50 peleas como aficionado aprendió lo suficiente para enseñar a los niños y jóvenes de su terruño y ayudarlos a surgir en la vida.
Esta es la tercera entrega de la serie periodística ‘Cátedra de Campeones: un legado que salva vidas’, realizada con los héroes anónimos del deporte en el Atlántico.

CAPÍTULO III. QUINTO, EL GUARDIÁN DEL SUR
Por Guillo González/Kronos
Las puertas del ‘coliseo’ crujen cuando su cuidador las abre para que entren los deportistas a entrenar y ellos, con la alegría propia de la juventud llegan entusiasmados a lo que, a pesar de las condiciones en que se encuentra, es su templo, su lugar sagrado.

Es un espacio reducido, con un ring en el medio, un techo de zinc que protege el cuadrilátero y las gradas, el resto de lugar es una franja rectangular donde cuelgan varios sacos y hay desperdigadas algunas llantas para saltar. La precariedad es evidente.

Pero a los muchachos les importa poco las condiciones inadecuadas, los guantes rotos o los sacos desgastados o las llantas viejas, ellos disfrutan de sus dos horas de práctica. Es su gimnasio personal y es lo que hasta ahora ha conseguido su entrenador, Quinto Rivera para que puedan aprender de su experiencia en el boxeo y desarrollar su potencial.

Vienen de hacer calistenia en las calles y de trotar al lado del brazo del río magdalena que surca el canal del Dique. La ubicación, Santa Lucía el último municipio del Atlántico en su zona sur, uno de los más alejado de su capital, Barranquilla, a hora y media de viaje, pero también, uno de los más resistentes y auténticos.
Calor de gente buena
En Santa Lucía, el ritmo de la vida lo dictan las altas temperaturas que pueden rozar los 40 grados centígrados en un día normal, el río, el campo y sus actividades, su rica cultura ancestral, pero, sobre todo, la resiliencia y calidad de su gente.

Y es que a los santalucenses la vida los ha sacudido duro, los golpes que han recibido han sido difíciles de asimilar. Además del olvido gubernamental también les ha tocado batallar contra lamentables pruebas que la misma naturaleza les ha impuesto. Pero todas esas vicisitudes son precisamente factores que han forjado el carácter de los habitantes de este municipio, impulsándolos a salir a flote solos, sin esperar nada de nadie.

Quinto Rivera es el fiel ejemplo de esa descripción, algo sombría de la realidad que viven muchas personas en municipios alejados y olvidados. Su temple y carácter lo llevaron desde muy niño a encarrilarse por una actividad en donde destacó gracias, precisamente a su fuerza y aguante, el boxeo.
Historia de sacrificio, fuerza y resistencia
El pegador atlanticense es recordado como uno de los pugilistas más recios que ha dado el sur del departamento. Desarrolló una carrera sólida peleando en la categoría de los 50 kilogramos. Si bien no alcanzó los reflectores mediáticos de un título mundial como Ener Julio o Ángel Priolo, su nombre era sinónimo de respeto en el boxeo regional y nacional.

Fue un boxeador de «choque», con una resistencia física envidiable y una pegada que hacía dudar a cualquiera. En Santa Lucía y los municipios vecinos, Quinto es una leyenda viva; fue de los primeros en demostrar que desde un municipio alejado de la capital también se podía llegar a pelear en las grandes carteleras de Barranquilla y el país.
Su trayectoria fue relativamente corta, inició en el 2002 en el Club de boxeo Jaime Barrios de Santa Lucía a los 16 años, entrenaba en un patio escueto, con otros muchachos que tenían hambre y calidad, gracias a los que aprendió y a sus ganas fue varias veces selección Atlántico y llegó a titularse campeón nacional, realizó 50 peleas como aficionado de las cuales ganó 41.

Para poder seguir su carrera le tocó trasladarse a Barranquilla donde se alojaba en los cuartos del coliseo cubierto Humberto Perea, el mismo escenario donde combatía en las tardes o noches. Así, junto a varios jóvenes provenientes de la provincia, mantuvieron siempre una actitud positiva y esperanzadora, clave para que algunos cumplieran sus sueños de ser reconocidos a nivel nacional en el boxeo.
Un sueño efímero y una misión de por vida
En el 2005 da el salto al profesionalismo, pero solo alcanzó a hacer 4 peleas y se retiró debido a la falta de apoyo y de recursos para una preparación adecuada, debió dedicarse a trabajar para mantener a su familia y no arriesgarse ni perder su dignidad, “Yo no quería dañar el nombre que había logrado con mis buenas peleas, no quería ser un boxeador muerto que peleara solo por la plata y que lo pusieran de relleno, además tenía obligaciones y debía trabajar para ayudar en mi casa”, recuerda Quinto con nostalgia.

Al retirarse trabajó por 4 años con la administración como vigilante en una laguna de oxidación, y después llegó como apoyo a la gestión del deporte con los niños del municipio, ahí se le ocurrió crear una escuela de boxeo para ayudar a los que querían surgir en su pueblo.

Su club lo fundó con 5 niños, en el 2021, todos de su calle, después fueron ingresando chicos de otros barrios, gracias a la estrategia de Quinto de llevar a sus dirigidos a otros sectores, hacer topes y jornadas de entrenamiento, atrayéndolos y estimulándolos para que se enamoraran y practicaran el deporte insigne de su tierra.

En la actualidad cuenta con 15 niños entre los 10 y los 15 años, Cesar Brochero uno de sus pupilos está en la selección Atlántico actualmente y tiene grandes posibilidades de surgir por sus condiciones y hay otros que están en un proceso de preselección esperando convocatorias como Mariana Fadul y Pablo Castillo.

“Yo quiero ayudarlos para que lleguen lejos, hay niños que son muy buenos y que uno los va puliendo, también les digo que deben estudiar, hacer sus tareas primero y que cuando vengan a entrenar lo hagan con seriedad, que el deporte los puede ayudar a mejorar sus condiciones de vida, pero para eso necesitan disciplina y muchas ganas”, explica el robusto entrenador de 38 años cuando habla de las metas y proyectos con sus dirigidos.

Trabajo con las uñas, muy poco apoyo
Para poder entrenar y foguear a los integrantes de su club, Quinto busca ayuda de la comunidad, de los padres y de amigos ya que tiene muy poco apoyo de las administraciones municipales, a veces, solamente para transportarse a los torneos, pero ellos necesitan mucho más, implementos nuevos, recursos para la preparación física, alimenticia y emocional de los prospectos y viáticos para poder ir a intercambios y torneos. En tono de decepción Rivera comenta, “Solamente nos dieron para ir a un torneo el año pasado en malambo, de resto ni nos miran”.

“A mis pelaos yo no les cobro un peso por entrenarlos, esto lo hago por amor y por vocación, pero es muy duro cuando nos invitan a otros pueblos y no tenemos para movilizarnos”, cuenta Quinto con tristeza, y agrega, “Acá los que ayudan son los padres, los vecinos y los mototaxistas que nos llevan a pueblos cercanos como Soplaviento donde nos invitan a intercambios, sino fuera por ellos no saldríamos de aquí”.

En algunas ocasiones la frustración es tan fuerte que Quinto ha querido rendirse, pero su compromiso con la juventud de su tierra no lo deja, “Vea hace poco nos invitaron a un intercambio y no pudimos ir por falta de dinero, eso pega fuerte y entristece”.

Sin embargo, el exboxeador es agradecido con otros colegas y amigos como Ener Julio, Pedro Bassa, Ángel Priolo, Raul Pinzón, Miguel Guzmán e Indira Pérez que están pendiente de su gente, lo mismo que Jaime Cassiani y Lenin Utria en Soplaviento donde van a foguearse.

Sacar los niños adelante, es su prioridad, para él, ellos son el futuro, pero necesitan apoyo, dedicación y recursos. Quiere llevar a los niños a selecciones y a ayudarlos a que sean campeones mundiales, pero siempre manteniéndolos en el buen camino, no el más fácil, como el mismo Quinto lo reitera, pero si el mejor.
“Dios no me abandona”
Lo más destacado de esta historia es que el ex pugilista y entrenador no tiene trabajo fijo ni ingresos constantes. “Yo me rebusco con lo que venga, aquí llegan camiones de cemento o de bloques y yo ayudo a descargar, con eso me hago una platica para la comida de mi familia”, explica, señalando que también se defiende como albañil, sembrador, pescador o lo que sea necesario para sobrevivir.

“A mi Dios no me deja nunca, siempre tengo sus bendiciones y además yo tengo una esposa Sari Torrenegra y dos niños que mantener Chestin Paola y Sherman Cárdenas que son los que me dan fuerzas para trabajar, además del compromiso con la gente de mi club” señala con vehemencia y decisión.

Todas las tardes, después de moverse buscando sus ingresos diarios, Quinto recibe a sus pupilos frente a su casa en la calle 8. Ahí mismo empiezan a moverse, el comanda la sesión con indicaciones y consejos de vida, lleva a los niños al trote por varias calles, después corren por los hermosos parajes que devela el río a orillas del Dique y les enseña lo que aprendió como boxeador en el viejo gimnasio del coliseo. Ellos, entusiasmados replican sus movimientos y lecciones, aprenden del mejor de su generación boxística.
Liderazgo y corazón
Quinto es un hombre de pueblo, de trato franco y palabra firme. Su personalidad refleja la tranquilidad de las riberas del Canal del Dique, pero con la intensidad de quien sabe lo que es sudar en un gimnasio improvisado. Es un líder comunitario natural; la gente no solo lo ve como un exboxeador, sino como un referente de disciplina.

Su carácter es paternal pero exigente. En Santa Lucía, Quinto se ha convertido en el mentor de decenas de jóvenes. Es de los que cree que el deporte es la única salida cuando las oportunidades escasean en el campo. Su alegría no viene de los trofeos del pasado, sino de ver a un pelao del pueblo alejarse de las esquinas y ponerse los guantes.

La importancia de estos procesos de formación deportiva que Rivera Cantillo lidera en su municipio va ligada precisamente a las limitaciones con las que lo hace y que a pesar de todo viene mostrando resultados interesantes. A diferencia de los gimnasios de ciudad, su trabajo es ‘con las uñas’, pero enseña una mística increíble y un valor y coraje a toda prueba a sus estudiantes.

En Santa Lucía puede que las condiciones no sean las mejores para la práctica del deporte, por la falta de apoyo y de interés en varias instancias, pero el ambiente y la gente que rodea a Quinto y a sus futuros campeones los hace fuertes y los impulsa a seguir luchando a pesar de las dificultades para que cuando les toque, demuestren de lo que están hechos y que tienen definitivamente una estirpe de guerreros que nunca se rinde.







