El arte de viajar despacio

La rebelión del turismo slow contra el afán de las selfies.

En la sección de Temas Contemporáneos analizamos esta nueva tendencia turística.

Por Guillo González/Kronos

La escena se repite igual en París, Roma, Cartagena y hasta en la misma Barranquilla: un bus turístico frena en seco, bajan cuarenta personas con cámaras al cuello, corren hacia el monumento principal, se toman tres selfis con el palo extensor, compran un imán para la nevera en el puesto de recuerdos, algunos dulces y bebidas y suben de nuevo al bus en menos de quince minutos con rumbo al siguiente punto de la lista. Han «estado» en el lugar, pero no lo han conocido. Frente a esa histeria del turismo de masas, ha nacido un movimiento que propone todo lo contrario: el turismo slow o el arte de viajar despacio.

Disfrutar al máximo de los destinos el la clave de esta tendencia. Foto Oscar Berrocal/Kronos

Viajar despacio no significa moverse a paso de tortuga; significa cambiar la mentalidad de la cantidad por la de la calidad. Es la decisión consciente de no tachar diez países o veinte ciudades en una semana en una carrera enloquecida de aeropuertos o terminales terrestres, sino de quedarse quince días en un solo pueblo pequeño, entendiendo cómo viven los lugareños, de qué se ríen y a qué sabe su comida real.

En muchos de los pueblos del Caribe colombiano la gastronomía es única y exquisita. Foto Oscar Berrocal/Kronos

Liliana Mendoza, de 35 años, adoptó esta filosofía tras un viaje desastroso por Europa donde terminó más cansada de lo que salió de la oficina. «Me di cuenta de que viajaba para mostrarle a mis seguidores de redes sociales dónde estaba, no para disfrutarlo yo», confiesa. Su último viaje fue muy diferente: pasó tres semanas en un corregimiento de la costa caribe colombiana, alquilando una habitación en la casa de una familia de pescadores.

La conexión con el entorno, las actividades y los personajes locales es clave para acceder a los beneficios del turismo slow. Imagen generada con IA

«Al tercer día ya el panadero me saludaba por mi nombre», cuenta Liliana con una sonrisa amplia. «Iba por las tardes a ver cómo arreglaban las redes de pesca en la playa, me tomaba un tinto sin afán con los viejos del pueblo y aprendí a cocinar el arroz con coco como se hace allá. No tengo fotos en grandes monumentos, pero tengo historias de amigos reales que me van a durar toda la vida».

Un fenómeno que ayuda en muchos aspectos

El turismo tradicional de consumo rápido está saturando los destinos históricos, expulsando a los residentes locales debido al aumento de precios y convirtiendo los centros urbanos en parques temáticos idénticos y sin identidad, alimentando el fenómeno de la Gentrificación. El viajero slow, en cambio, busca mimetizarse con el entorno de manera respetuosa. Compra en las plazas de mercado locales, usa el transporte público, respeta los silencios de la comunidad y dinamiza las economías pequeñas que de verdad lo necesitan.

No hay mejor actividad que disfrutar de la naturaleza y todas sus dimensiones. En el Atlántico, por ejemplo, hay muchas opciones disponibles. Foto Oscar Berrocal/Kronos

“Antes viajaba con una lista de chequeo y el celular en la mano, buscando la foto perfecta para la historia de Instagram”, cuenta Mateo Narváez, comunicador barranquillero de 32 años. “Pero cuando empecé a recorrer la Alta Guajira y las estribaciones de la Sierra Nevada sin prisa, entendí que el verdadero lujo del Caribe no es mostrarlo, sino vivirlo”, agrega haciendo énfasis en lo diferente que se siente este tipo de turismo.

La desconexión total y el disfrute del tiempo sin prisas, fundamental en el Slow Travel. Imagen generada con IA

El viajero slow no llega a colonizar el espacio con una cámara; llega a sentarse en una mecedora a escuchar las historias de los viejos, a entender por qué el pescado se sirve a cierta hora y a dejar que el tiempo corra a su propio ritmo. Lo ideal para esta corriente es establecer conexiones verdaderas y dejar de pensar en las audiencias virtuales, lo que se busca es que el viaje transforme a las personas.

Otra alternativa en cuanto al turismo cercano es aprender la historia de los sitios que se visitan. Foto Oscar Berrocal/Kronos

Así lo explica la samaria Camila Silgado que destaca cómo esta corriente rescata la verdadera esencia de la hospitalidad costeña: “El turismo de consumo rápido te vende un Caribe de postal y consumo exprés, pero nosotros los costeños sabemos que la magia está en el detalle, en el ‘saborear’ el momento” y comenta sobre el cambio que produce en los viajeros, “En mis últimos viajes por los pueblos ribereños del Magdalena, decidí apagar las notificaciones. Cambié la prisa por una conversación larga con un artesano o un atardecer sin filtros a la orilla del río. Cuando no estás preocupado por validar tu experiencia ante un público digital, te integras al entorno, respetas la cultura local y te reencuentras con la serenidad que este territorio siempre ha ofrecido”.

Viajar despacio tiene sus beneficios. Cifras y datos

Se estima que el sector global de viajes sostenibles y de bajo ritmo crecerá a una tasa anual compuesta (CAGR) cercana al 10% en la presente década, impulsado por viajeros que buscan reducir su huella de carbono y evitar las aglomeraciones (overtourism), lo que aporta positivamente al crecimiento sostenido del mercado turístico. Además, genera una mayor permanencia de las personas en las comunidades y un importante impacto en las economías locales.  

Pasar varios días con comunidades alejadas y poco visitadas aporta conocimiento y valoración de los destinos. Foto Guillo González/Kronos

Según estudios de la Organización Mundial del Turismo (OMT) y el World Travel & Tourism Council (WTTC), el viajero slow permanece entre un 30% y 50% más de tiempo en un destino en comparación con el turista tradicional de consumo rápido; mientras que en el turismo masivo hasta un 70%-80% del dinero gastado regresa a grandes cadenas internacionales o intermediarios (fenómeno conocido como fuga económica), en el turismo slow hasta un 65% del gasto permanece directamente en la comunidad local (guías comunitarios, posadas familiares, comedores locales y artesanos).

Lo que en algunas partes se ve como diversión, para muchos pueblos y personas son actividades diarias esenciales. Foto Oscar Berrocal/Kronos

En cuanto a beneficios tangibles para la salud, este tipo de turismo genera una verdadera desconexión digital y estimula el bienestar mental; encuestas recientes sobre tendencias de viajes señalan que más del 55% de los viajeros de la Generación Z y Millennial priorizan la «desconexión digital» o el bienestar emocional al planear sus vacaciones, buscando experiencias inmersivas por encima de la acumulación de atracciones turísticas.

Las políticas e inversiones s en el tema turístico son importantes para atraer a visitantes y hacer que se queden y disfruten. Foto Guillo González/Kronos

Importante también destacar la reducción de la huella de carbono que se produce al privilegiar el transporte terrestre local, las caminatas, las bicicletas o los trayectos en lancha/fluvial frente a múltiples vuelos internos de corta distancia, el turismo slow reduce la emisión de CO₂ por viajero hasta en un 40% durante la estancia.

A nivel internacional, el tema ha despertado una conciencia general que busca paz y tranquilidad. Imagen generada con IA

Al final, esta crónica nos recuerda que viajar sigue siendo el mejor método de aprendizaje humano disponible. Pero para que el viaje te transforme por dentro, tienes que bajarte de la velocidad del algoritmo, guardar el mapa de las atracciones obligatorias y atreverte a perder el tiempo de manera maravillosa en las esquinas del mundo y si es nuestro bello y entrañable país y sus rincones mágicos, mejor.

Los beneficios del turismo lento o slow son inconmensurables para la salud y el planeta. Imagen generada con IA