En Luriza el tiempo se detiene

Una visita a la primera área protegida del Atlántico, un lugar ideal para disfrutar de la naturaleza y personas especiales.

La reserva tiene muchos atractivos y cuenta con guías para realizar recorridos por los senderos ecológicos.

Las mujeres de la población se asociaron para mostrar la calidad de sus productos artesanales.

Por Guillo González/Kronos

Esta crónica la voy a empezar…por el final.

Al mediodía, Cerca de las 12 y 30, cuando íbamos de regreso, después de culminar nuestra visita al caserío, empezamos a subir la ‘bendita’ loma de acceso a Luriza, una de las reservas naturales más hermosas y valiosas del Atlántico.  La rampa debe tener una inclinación del 9 o 10 por ciento. El sol canicular castigaba con fuerza y el sudor hacía la misión doblemente pesada.

La entrada a la reserva está bien señalizada y queda a 6 kilómetros del Usiacurí. Foto Diana Martínez/Ando

Son aproximadamente 1200 metros que parten las piernas de los que no están acostumbrados a transitarla, como yo. Los primeros metros los abordé con ímpetu, dispuesto a coronar rápidamente esa loma, pero al cabo de dos o tres minutos ya pensaba en abortar y aunque seguí subiendo, en línea recta como creía que se debía hacer, un par de metros más adelante, la sensación de estar a punto de un infarto me detuvo en seco, sentía el pulso acelerado y las palpitaciones intensas en la sien.

Las advertencias están ahí, tanto para personas como para vehículos. Foto Guillo González/Kronos

En medio del agónico ascenso volteé a mirar a mis acompañantes, Diana Martínez, la culpable de estar por esos lares y dos raizales acostumbradas a subir y bajar esa pendiente, las tres lo hacían serpenteando, caminando en zigzag, de un lado a otro del camino y cuando les pregunté el porqué, solo me contestaron con desparpajo que esa era la mejor forma de subir, es más, confesó Jennifer Ortega, “desde niños aprendemos a hacerlo, para no cansarnos”. Ante la risa de Diana y de Belalva Arévalo, que veían mi sofoco, no me quedó más opción que imitarlas y para mi sorpresa desde ese momento la ascensión fue mucho más llevadera, tanto que la culminé con relativa comodidad.

Los habitantes del sector saben como afrontar estas subidas, serpenteando, para no cansarse y hacerlo con comodidad. Foto Guillo González/Kronos

Ya en el punto culmen del sendero, pude apreciar con más calma la belleza de toda la zona, colinas verdosas flanqueando algunos valles, una que otra casa en medio de la naturaleza ruda del lugar y un bosque antiguo dominando con orgullo los parajes, sin duda la mortificante subida valió el esfuerzo.

Una comunidad alejada pero feliz

Llegamos al pueblo al filo de las 8 y 20 de la mañana, solo una bandada de patos nos recibió, habíamos bajado con precaución la exigente loma, pero a pesar de sentir que nos veían y escuchaban, no había atisbado a nadie. Al rato solo don Manuel salió a saludarnos, en especial a Margarita, nuestra guía, una mujer de 53 años que alterna su vida en Usiacurí con algunos días de visita a su gente en el pueblo, “a mí me tocó mudarme para el municipio porque no puedo estar subiendo y bajando hasta acá, mi espalda no me deja”, dice jocosamente mientras empieza a tejer una canasta.

Manuel Amaranto Bujato también es tejedor y se radicó hace 25 años en Luriza, ‘Aquí vivo feliz’, dice con orgullo. Foto Guillo González/Kronos

Desde que entramos al lugar, la señal del celular murió, y empecé a tener la sensación de que el tiempo se ralentizaba. El silencio profundo del ambiente solo es interrumpido por los cantos de las aves y el chirrido de las chicharras. No volví a ver el reloj ni preocuparme por mensajes o llamadas.

El arroyo divide el pueblo y en invierno puede causar emergencias por su intenso caudal. Foto Guillo González/Kronos

Visitamos algunas casas antes de arribar al punto de reunión, donde nos encontraríamos con las hábiles tejedoras luriceñas. A cada sitio que llegábamos nos recibían con la misma amabilidad. Lo que si noté es que los apellidos de la mayoría de las personas que habitan ese particular terruño se repiten y transmiten la sensación macondiana de ser una sola familia.

Wendy Ortega, nos recibió en su casa y aprovechó para enseñarnos las técnicas de tejido que aprendió desde niña. Foto Guillo González/Kronos

El lugar escogido para que las artesanas mostraran sus excelsos trabajos fue el patio de María Colina Bujato, quién, junto a dos de sus hijas, sentadas en una enorme raíz de un palo de mango, terminaban varios canastos y flores tejiendo hebras de iraca teñida de colores.

La alegría y la solidaridad son características de las mujeres de Luriza. Foto Guillo González/Kronos

En el lugar, cercado y bien cuidado viven dos o tres ramales de la misma familia, en dos pintorescas casas de material rodeadas de árboles y animales. Al llegar, la nuera de María, Lauren Jiménez, empezaba la tediosa labor de sacar baldes de agua de un tanque y llenar una lavadora bajo el árbol de mango, en eso demoró 20 minutos aproximadamente y comenzó a lavar casi simultáneamente con el inicio de nuestra reunión, mientras que Tommy, un cachorro color chocolate mordisqueaba a todo el que se asomaba.

El agua potable llega en un carrotanque cada dos días y es distribuida entre los habitantes del caserío. Foto Guillo González/Kronos

Cómo llegar… y porqué

A Luriza llegamos por invitación de Diana Martínez, quien, en colaboración con la Corporación Regional Autónoma, realiza un trabajo de fortalecimiento de habilidades con las artesanas del caserío. Observar ese trabajo, hablar con las tejedoras y conocer esa famosa y legendaria reserva eran mis objetivos, ambos cumplidos a medias, porque harían falta varias jornadas para hacer ambas tareas a cabalidad. Visitar Luriza y a sus moradores puede convertirse en una actividad que satisface el alma y los sentidos.

Margarita De Jesús Colina nos acompañó desde Usiacurí hasta su pueblo querido . Ella por salud, alterna y espacia las visitas al campo. Foto Guillo González/Kronos

Y es que la poca gente que hay en el caserío, aunque al comienzo puede parecer tímida y hasta alejada o huraña, termina al final, mostrando su calidez y afabilidad. Son personas de risa fácil, de juegos constantes entre ellos, de mucha solidaridad y diferentes capacidades, útiles todas para vivir en una zona tan alejada de los centros urbanos.

El verde del lugar es envolvente y copa todos los espacios, la naturaleza es la reina en este lugar protegido y sagrado para los Mokaná. Foto Guillo González/Kronos

Para llegar a Luriza se debe hacer escala en Usiacurí, si no se va en carro o moto propia, se puede tomar un motocarro que llega a la entrada del caserío, vehículo que puede bajar con tres o cuatro pasajeros, pero solo subir con uno, la empinada pendiente. Son 15 minutos y seis kilómetros desde el área urbana de Usiacurí hasta la reserva por una vía en regular estado. El último tramo está cubierto por placa huella desde hace cinco años, lo que ha mejorado su estado y su forma de acceso.

Desde pequeños, a los usiacureños se les inculca el respeto a las tradiciones y el valor del trabajo. Foto Guillo González/Kronos

La entrada esta custodiada por un árbol milenario, un campano de unos 45 metros de altura y cerca de 15 metros de extensión de sus ramas y raíces, un gigante que vio formarse el pueblo y que seguramente seguirá ahí por muchos años más. A su alrededor hay carteles de información sobre los senderos, la vegetación y la fauna del lugar que a saber, es un extenso bosque seco tropical donde los que mandan son los monos, aulladores y cotudos y las aves típicas de la región.

El inmenso campano o sanaguare que custodia la entrada al caserío es un árbol milenario y un símbolo de la reserva. Foto Guillo González/Kronos

Reserva llena de encantos y misterios

En marzo de marzo del 2011 Luriza fue declarada por la CRA como Distrito Regional de Manejo Integrado, constituyéndose en la primera área natural protegida del departamento del Atlántico. Esta reserva es el corazón rural de Usiacurí y está surcada por la cuenca alta del arroyo que lleva su nombre y que desemboca en el Embalse del Guájaro.

Las actividades de turismo ecológico como caminatas y avistamiento de aves son usuales en el sector. Foto Guillo González/Kronos

La zona protegida cuenta con 837,17 hectáreas que corresponden a la formación de bosque seco tropical, donde se encuentran especies de vegetales típicos de este ecosistema como el caracolí, el carreto, el membrillo y la piñuela, entre otros. En cuanto a la fauna, es el hábitat perfecto para especies como la guacharaca caribeña, el tiranuelo diminuto, el chamicero bigotudo y mamíferos como los monos cotudos y aulladores, osos perezosos, tigrillos y armadillos, entre otros.

El ecosistema del bosque seco tropical es ideal para aves y mamíferos pequeños. Los moradores tienen en sus casas aves de corral. Foto Guillo González/Kronos

En la reserva viven aproximadamente 50 personas en 18 o 20 casas. “Antes éramos más en este pueblo, como 30 casas habitadas, pero ya muchos se han ido, sobre todo cuando los hijos crecen y deben ir a colegios o universidades en otro lado, la llegada y salida de acá se hace más pesada en ese aspecto”, comenta Manuel Amaranto Bujato, un veterano campesino y experto tejedor que ha vivido por 25 años en el lugar.

Matilde Márquez se casó con Manuel Amaranto Bujato hace 45 años, tienen 6 hijos y viven del campo y las artesanías. Foto Guillo González/Kronos

La región empezó a poblarse a mediados de siglo anterior, cuando personas provenientes de Usiacurí y otros municipios se instalaron a orillas del arroyo para vivir en medio de la naturaleza y tener tierras para sembrar y vivir en paz. “Mi padre Alejandro Colina llegó de Puerto Colombia, se casó con mi madre Guillermina Bujato, tuvieron 10 hijos y vivieron en este caserío el resto de su vida”, indica Margarita refiriéndose a los orígenes de su numerosa familia.

A pesar de vivir alejados, la comunidad valora lo que el bosque brinda. Antes, vivían de la caza pero la misma reserva cambió sus hábitos. Foto Guillo González/Kronos

“Aquí vivimos con lo básico, tenemos luz y la alcaldía nos manda agua cada dos o tres días para llenar unos tanques de donde distribuimos para todos, peleamos con el arroyo cuando llueve mucho y el calor nos da duro a veces, pero al final es nuestra tierra y nos gusta”, cuenta Matilde Márquez, esposa de Manuel.

Que se puede hacer en Luriza

El DMI Luriza, presenta 5 senderos ecoturísticos señalizados para sus visitantes, enseñando las especies arbóreas más representativas de una zona cuya belleza paisajística es el resultado de la biodiversidad y milenarios ciclos naturales. Todos son ideales para practicar el senderismo ecológico y en el mismo pueblo se pueden encontrar guías experimentados y con amplios conocimientos de toda la zona.

Muchas especies vegetales de la región viven en la reserva y ahora se encuentran protegidas por las autoridades ambientales. Foto Guillo González/Kronos

Uno de los senderos más representativos es el Sanaguare con más de 300 metros de recorrido; en su subsuelo se encuentran fuentes de aguas azufradas que alcanzaron fama por sus propiedades medicinales. En el pasado acudían anualmente cientos de turistas para tratarse diversas dolencias en los pozos curativos donde brotaban. Hoy en día, el número de pozos ha disminuido en todo el municipio, aunque se trabaja en su conservación.

Los senderos presentan características particulares y se adecúan a los gustos de los aventureros. Foto Guillo González/Kronos

La comunidad cuenta también con un vivero, construido para preservar y mostrar especies nativas del bosque seco tropical, y que se creó a través del fortalecimiento y gestión institucional. Los mismos habitantes de la vereda fueron los encargados de la identificación y búsqueda de las semillas, la siembra, el mantenimiento de las plántulas, que están siendo utilizadas en programas de restauración y se ha convertido en un beneficio económico local.

El vivero fue creado para preservar las importantes especies nativas. Foto Guillo González/Kronos

Así mismo, el avistamiento de aves se ha convertido en otro atractivo de la zona, en la zona se han registrado cerca de 247 especies, representado cerca del 50% de las especies de aves reportadas para el departamento del Atlántico.

Campesinos y artesanas

El nombre Luriza viene de una palabra que la etnia Mokaná utilizaba para referirse a sus lugares especiales, y precisamente eso es toda la reserva forestal enclavada en el corazón del Atlántico. Un lugar que encanta pero que infunde respeto. “En estos terrenos, en bosque o el monte como se le llaman no se puede entrar sin pedir permiso, porque el mismo monte te puede perder si no le caes bien”, comenta de manera misteriosa Ricardo Gutíerrez, coordinador del vivero comunitario, refiriéndose a una de las tantas leyendas que cuentan sobre el lugar.

«El bosque siente las malas energías, si no le gustas te puede perder y no sales más», advierte Ricardo Gutíerrez, experto guía de la zona. Foto Guillo González/Kronos

“Aquí somos campesinos y tanto mujeres como hombres somos artesanos, sembramos y tejemos, es parte de nuestra tradición y vivimos felices y en paz con la naturaleza”, explica Juan José Colina Bujato, de 68 años quién perdió a uno de sus hermanos, Néstor, por una mordedura de mapaná raboseco, “son los riesgos de vivir en el campo”, dice con nostalgia.

«Antes yo conocía el bosque como cazador; ahora soy guía y me dedico a cuidarlo. Me siento más unido al bosque”, dice Juan José Colina. Foto Guillo González/Kronos

Cuando al fin se reúnen las tejedoras y muestran sus obras de arte el patio se alegra con sus carcajadas y juegos, sus voces de mujeres de temple, pero cariñosas al mismo tiempo, capaces de mantener una familia unida a través de sus habilidades de campesinas y artesanas. Así pudimos conocer además de Margarita, María y su hija Jennifer a Judith Márquez Luna, María Hernández Márquez, Merly Cervantes Bonett y la particular Beralva Arévalo, que cuenta con jocosidad que solo demora dos o tres días en Luriza, porque no soporta tanto silencio y quietud, “A mi si me gusta la bulla”, remata feliz.

El grupo de tejedoras de la reserva tiene un talento único y sus productos son de alta calidad. Foto Guillo González/Kronos

Hoy, gracias a la CRA que logró a través de una medida de compensación con la empresa Vatia, fortalecer iniciativas comunitarias, este grupo de mujeres que durante años han ejercido el arte de tejer en palma de Iraca con diferentes diseños en la línea de hogar y la bisutería, cuenta con un apoyo para fortalecer y visibilizar su arte a través de diferentes estrategias de Marketing.

A través de programas como el que lidera la CRA, artesanas como Belalva Arévalo pueden exhibir y comercializar su trabajo. Foto Guillo González/Kronos

Se busca a través de la comercialización de sus productos, generar ingresos económicos que contribuyan al mejoramiento de la calidad de vida no solo social sino también ambiental cumpliendo así con los objetivos de conservación planteados para el área protegida.

El conocimiento ancestral vive en la transmisión generacional. Jennifer Ortega Colina lo hace con sus hijos Luis y Heydis. Foto Guillo González/Kronos

Como empezamos…terminamos

Al marcharnos, a eso de las 12 y 30 del mediodía sentí una rara sensación, era como si apenas acabara de llegar, vi a la nuera de María terminar de lavar, con la misma paciencia con la que inició su tarea 3 horas antes, Margarita concluyó la canasta que había empezado y el resto de las mujeres y niños desaparecieron, así como llegaron, silenciosamente.

En Luriza, el tiempo parece detenerse, la sensación es real y misteriosamente intensa. Foto Guillo González/Kronos

Enfilamos nuestros pasos rumbo a la empinada cuesta, la señal del celular regresó al llegar a su cima y el silencio ensordecedor fue cediendo paso a voces y ruidos propios de otras zonas, todo volvía a la normalidad y al final, nos embarcamos en el motocarro que nos había ido a buscar, rumbo a Usiacurí, sudados pero felices, mientras que en Luriza, ese hermoso y misterioso lugar que dejábamos atrás, el bosque parecía engullirlo y envolverlo todo, dándonos la despedida. Sin duda alguna ahí, el monte es el que manda.

El lugar está lleno de encanto y leyendas y promete aventura y diversión a quienes se arriesgan a visitarlo. Foto Guillo González/Kronos