Balas de amor

La trágica narración de la canción ‘Penas de un soldado’, una de las insignias del cantautor vallenato Diomedes Díaz, inspira esta crónica.

Por: Javier Franco Altamar/Kronos

En algún texto donde consigné mis recuerdos de obrero en la boyante Caracas del siglo pasado, incorporé un episodio en el que un compañero de trabajo se frenó en seco cuando empecé a cantar, casi en susurros, el paseo vallenato ‘Penas de un soldado’.

Estábamos en un décimo piso, instalando un cielo raso de yeso en un edificio de la zona Valle Arriba, ubicada al sureste de la capital. En aquellos tiempos, apenas estaban apareciendo los condominios exclusivos que hoy caracterizan el sector. Era una mañana tibia de mayo de 1990 y no habíamos tomado aún la primera pausa de descanso de la jornada.

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Yo fungía como instalador principal, y el compañero de quien les hablo era especialista en rematar, es decir, en dar los acabados finales, pulir uniones, definir curvas y suavizar los puntos de contacto entre las láminas y las paredes. Lo hacía con una espátula y un pincel, trepado en una escalera de doble acceso.

Cuando empecé a cantar, yo estaba ordenando mi área de trabajo para montar unos andamios de soporte; mientras que él, a unos pocos metros, remataba una parte ya instalada. Recuerdo que se quedó congelado al instante, con una herramienta en cada mano, estático hasta que completé la canción. Luego bajó de su escalera y me pidió que se la enseñara. Me confesó que llevaba años tratando de aprenderla, pero no encontraba cómo. Después, cuando ya atrapó el canto en su memoria, se volvió parte de nuestro decorado que él interpretara ‘Penas de un soldado’ mientras remataba, y a todo pulmón.

Diomedes Díaz fue uno de los cantantes más prolíficos del folclor musical colombiano. Foto revistaentorno.com

¿Por qué le llamaba tanto la atención aquel tema? No me lo supo responder con precisión, pero era evidente que flotaba en cada estrofa mientras lo cantaba, y que remataba en el cielo raso con mucha mayor sutileza, dejándose llevar por las notas, recreando la historia catastrófica del relato. El autor de la canción es Héctor Zuleta, y aparece en el trabajo discográfico ‘Los Profesionales’ de 1979, con la voz de Diomedes Díaz y el acordeón de Nicolás ‘Colacho’ Mendoza:

En una tierra lejana, vivía un soldado muy fiel.

Lo tenían en un cuartel donde muy triste vivía.

De allí muy poco salía porque no tenía poder

Y no lo dejaban ver a una novia que tenía.

Aquí nos presentan al personaje principal. Se menciona que es un soldado, pero no se específica su tipo de vinculación: si es profesional o está prestando el servicio obligatorio. Solo se nos dice que se siente atrapado en un entorno restrictivo que le impide ver a su novia. Estamos hablando de alguien cuya libertad está limitada al extremo, y esa lejanía con el ser amado es la razón principal de su tristeza.

Un tajo momentáneo a una realidad cantada

El tema de la libertad es aquí la clave y nos detendremos en eso más adelante. Por ahora consideremos que, en lo estrictamente formal, la canción es absolutamente narrativa, y se desarrolla en una línea lógica temporal, sin viajes al pasado ni anticipaciones. Por decirlo en términos obvios: el relato “empieza donde empieza y termina donde termina”, coincidencia plena, temporal, entre el orden de los acontecimientos en la supuesta realidad, y la manera en que fueron dispuestos en la canción. Sigamos, pues…

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Iban pasando los días, vivía muy triste el muchacho.

No podía vivir borracho porque no le daban ron.

Tenía que pasar el dolor sin que nadie lo aliviara.

Y tampoco lo dejaban tomar tragos de licor.

Coros:

Cantaba versos de amor y al mismo tiempo lloraba (bis)

Esta segunda estrofa no es precisamente una joya de la coherencia. Es más bien repetitiva, pero no por eso nos deja de ofrecer un panorama de congoja. Se nos dice, además, que, si el joven tuviera acceso a consumir licor, por lo menos eso podría aliviar sus penas. Este detalle hasta daría para un análisis de las relaciones entre el licor y los estados de ánimo. Incluso, se tiene como no recomendable tal medida porque luego de la borrachera, la tristeza puede retornar hasta duplicada. O sea, puede ser peor el remedio que la enfermedad.

Carátula del LP Los Profesionales. Archivo particular

En términos castizos, el licor puede tapar un rato la tristeza porque, al principio, sube la dopamina, pero después te pasa cuenta de cobro. A nuestro soldado podría irle mejor caminando, bailando un poco, o trotando. Eso le ayudaría a subir la producción de la serotonina (hormona de la felicidad) en forma natural, con lo que estabilizaría un poco su ánimo. Dicen los sicólogos que la ingesta de alcohol, tiene, en estos casos, el efecto contrario, pues al ser depresor, baja la producción de serotonina. Así que, peor que peor.

En el larga duración, aparece el tema Penas de un soldado. Archivo Particular

Pero, bueno: en un relato de esta naturaleza, de lo que se trata es imprimirle dramatismo al asunto. La reacción de cantar versos de amor y llorar al mismo tiempo sí es cruel. Tiene toda la impronta de una escena de ópera, es decir, ese tipo de obra en el que una acción escénica se armoniza y se canta con acompañamiento instrumental. En este caso, todo está concentrado en nuestro personaje.

 Un bonito día de lluvia, lo levantaron temprano

Los tenientes le entregaron un pedazo de papel.

Al mirarlo pudo ver que su novia le escribía,

diciéndole que ese día, se podía encontrar con él.

Habló con el coronel pa’ que le diera el permiso,

pero el superior le dijo que ya no podía salir,

y que se tenía que ir porque lo habían trasladado.

Quedó tan triste el soldado que ni siquiera insistió

Coros:

Su cuerpo se estremeció mientras sus ojos lloraron (bis)

Tampoco es que sea una maravilla de verso, pero acentúa la situación y lleva la angustia a un nivel insoportable. La lluvia contextual se describe como “bonita”, de manera que no aporta dramatismo, como sí pasa en algunas películas. Quizás esté incluida sin un propósito distinto al de contribuir con la rítmica del verso. Lo mismo pasa con la incorporación de “los tenientes” que le entregan al soldado la carta de su novia. Que un teniente sea el encargado de entregar la correspondencia no deja de ser curioso, y todavía más que sean varios, o sea, una extraña actividad colectiva.

Foto archivo particular

Pero, bueno: la chica quería verlo. Emoción absoluta. Nuestro personaje tramita un permiso ante su superior (un coronel que también ayuda a la rima), pero él se lo niega. Este es el momento de derrumbe, pues el hombre rompe en llanto luego de una especie de espasmo general. No podemos negar que la situación es terrible. El hombre ha perdido la esperanza. Y en esos términos, empieza la estrofa final:

Con la esperanza perdida, el muchacho salió entonces.

Resolvió esperar la noche pa’ volarse del cuartel.

Era muy duro pa’ él, marcharse para otras tierras,

dejando a su compañera que más nunca volvía a ver.

La noche empezó a caer, muy silenciosa y oscura.

Él cometió la locura de salirse muy temprano,

Y un centinela obligado, tres veces le disparó.

Aquel soldado cayó y ya casi muerto dijo

Coros:

El que nació de un cariño por un amor se murió

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Imposible no recordar, en estos momentos, la balada ‘Libre’ de 1973, ubicada en el álbum ‘Mi tierra’ del cantante Nino Bravo. Fue compuesta por José Luis Armenteros y Pablo Herrero, y adaptada a las características de la potente voz tenor del intérprete español. Se decía que estaba inspirada en el caso de un obrero alemán (Peter Fletcher) eliminado por las fuerzas comunistas en 1962 cuando trataba de cruzar el recién construido muro de Berlín.

Sin embargo, uno de los compositores de la canción -Herrero- explicó alguna vez que el tema iba más allá, pues era la expresión rebelde de una generación de españoles que había nacido justo después de la guerra y que vivió durante la dictadura de Francisco Franco. Fueron casi 40 años de este régimen que se extendió hasta la muerte del propio Franco en 1975. Así que no había necesidad de mirar hacia Alemania: La falta de libertad era manifiesta en la propia España.

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La canción, de hecho, nos presenta a un muchacho que tiene “casi 20 años y ya está cansado de soñar”, pues del otro lado de la frontera está su hogar. En eso se parece a Fletcher, que tenía 18 años cuando lo mataron.  Frente a la alambrada que le impide su paso, el personaje principal piensa que aquello solo es “un trozo de metal” que para nada va a detener sus ansias de volar hacia la libertad.

La parte del asesinato se narra de una manera extremadamente poética. Si al vallenato que venimos analizando le puede surgir algo de envidia, sería por la mezcla genial de metáforas que distinguen a ‘Libre’. Su final está escrito en las siguientes palabras:

Con su amor por bandera se marchó cantando una canción.

Marchaba tan feliz que no escuchó la voz que le llamó.

Y tendido en el suelo se quedó sonriendo y sin hablar.

Sobre su pecho flores carmesí brotaban sin cesar.

Coros:

Libre. Como el sol cuando amanece, yo soy libre. Como el mar.

Libre. Como el ave que escapó de su prisión, y puede al fin volar…

Es claro que, en la narrativa de esta balada inmortal, la libertad se poetiza como una condición existencial del sujeto. Estamos hablando de un «alma libre» que desafía el muro como un gesto épico de afirmación personal. En el texto interpretado por Diomedes Díaz, por el contrario, tal libertad se incorpora desprovista de toda idealización heroica. No es una búsqueda de autonomía nacida de una angustia patriótica, sino en respuesta a la asfixia de un encierro que impide disfrutar las libertades amorosas. La vinculación de la patria viene por otro lado. Es el servicio a ella que aquí se manifiesta como limitación. Isaiah Berlín, filósofo judío nacido en la Rusia de los zares, diría que nuestro soldado pretende ejercer libertad negativa, es decir, esa que se desarrolla en ausencia de interferencia externa o impedimentos de otros.

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Podríamos decir que la libertad de ‘Penas de un soldado’ no remite a una abstracción filosófica, sino al deseo elemental de abandonar una estructura que limita las posibilidades para expresar un amor. Los dos relatos, sin embargo, coinciden que las balas detienen al cuerpo en fuga, aunque también difieren en el momento de la expresión artística del personaje. El de la balada estaba cantando cuando recibió el disparo. Nuestro soldado, en cambio, comenzó a recitar luego de recibir los balazos. Aunque, según podemos recordar, cantaba versos de amor desde mucho antes.

Y en su registro final, ese sí cantado para nosotros, encapsula el sacrificio de un soldado y una tragedia de vida: la canción no solo cuenta una historia de amor que se quiebra, sino que también critica las rígidas estructuras militares capaces de deshumanizar a los individuos.

Diomedes Díaz y Nicolás ‘Colacho’ Mendoza, ilustres expontes del género musical vallenato. Archivo particular