Un análisis de la más reciente cinta de Chistopher Nolan, inspirada en el clásico de Homero.


Por Javier Franco Altamar/Kronos
Tanto quien la leído la ‘Odisea’ de Homero, como quien no tiene la más mínima intención de hacerlo y apenas sabe que existe ese libro, pueden estar seguros de que la reciente película homónima de Christopher Nolan les proporcionará, como mínimo, tres horas de aventura monumental.
Respecto del contenido, sin embargo, cada uno podría llegar a conclusiones diferentes y hasta distantes entre sí:
Es muy probable, por ejemplo, que el primero (es decir, el lector) termine echando de menos la presencia, en la película, de algunos elementos relevantes del periodo micénico griego, es decir, el ubicado entre los años 1.600 y 1.100 antes de Cristo. Se supone que a ese contexto histórico responde la cinta.

El listado incluye ciertas situaciones que bien pudieron haber servido de bisagras dramáticas. También, algunas figuras sobrehumanas que sí aparecen, por ejemplo, en las dos furias de titanes, y el entendido de algunos dilemas propios de los momentos mitológicos del libro.
Para el segundo, sin embargo (es decir, el desprevenido) la película habrá sido una experiencia alucinante respecto de las peripecias de un héroe que -como diría Joseph Campbell siglos después- supera un vaivén de obstáculos. En el abanico de dificultades se aparecen monstruos en la cinta, además de furiosas manifestaciones divinas, y un puñado de rostros del mal.
Es más: como elemento didáctico, y quizás indiferente hasta para el mismo lector, está el detalle de que tanto este periplo de Odiseo como el del rey sumerio Gilgamesh ocurrido más de mil años antes, son los modelos de esa línea recursiva que el cine ha sabido explotar con singular éxito.

Pero lo que todo mundo debe tener claro, y por eso mismo una discusión por esa vía tendría que ser estéril, es que esta película de Nolan es tan adaptación libre como lo fue el texto de Homero. Porque este surgió al amparo de la escritura adoptada en Grecia en el siglo VIII antes de Cristo. De ahí para atrás, el contenido de ese relato tan solo era accesible por servicio de los cantores aedos, que recitaban de memoria todas esas peripecias (y las de la Ilíada) apoyados en una lira.
Y cuando se volvió relato consignado, los posteriores rapsodos (uno de ellos aparece en la película de Nolan, y de eso hablaremos después) también hicieron de las suyas con su imaginación, y le fueron agregando aristas, derivaciones y recovecos a esos cuentos. Y ni hablar de la tragedia griega, tatarabuela del actual teatro, que cuando apareció dos siglos más tarde, amplió y profundizó todas esas historias con cruces y desvíos truculentos, gracias a autores como Esquilo, Sófocles y Eurípides.
En todo caso, en cuanto adaptación, la de Nolan respeta el tronco narrativo de la Odisea de Homero, construido sobre el propósito del héroe de regresar a Ítaca luego de participar en la Guerra de Troya, y reasumir los tres roles que había dejado 10 años atrás: soberano de la isla, esposo de la apetecida Penélope, y padre del joven Telémaco

Sin ánimo de hacer spoiler, es menester resaltar que la propuesta de Nolan es coherente, además, con el experimento novedoso que representó la Odisea de Homero en su momento: comienza por un lado distinto del de la línea de los supuestos hechos históricos, intercala relatos retrospectivos, y permite que Odiseo narre parte de su propio pasado.
Pero, así como Nolan respeta con reverencia la versión homérica, lo que incluye el sometimiento de la individualidad en favor de la obediencia o desatención a los dioses; también es cierto que incorpora uno que otro elemento de las tragedias griegas y hasta de imitaciones romanas de la Odisea, como la Eneida de Virgilio. De pronto eran hasta necesarios para brindar elementos dramáticos adicionales.
Por otro lado, la película es fiel a los mensajes iniciales de la Odisea, en el sentido de que estos relatos estuvieron en la base de la formación cultural griega. Porque si la Ilíada enseñaba cómo alcanzar la gloria y enfrentar la muerte en la guerra, la Odisea enseñaba cómo vivir, viajar, gobernar, regresar al hogar y conservar la identidad en medio de la incertidumbre.

En cada caso, el héroe era distinto: del gran guerrero casi invencible que fue Aquiles, se pasó a un muy humano y vulnerable, pero ingenioso, Odiseo cuyo papel (si le paramos bolas al historiador Bernardo Souvirón) fue el del auténtico héroe conceptualizado al revés: los héroes no logran lo imposible por ser héroes, sino que son héroes porque logran lo imposible.
Y eso empata con algo que podría estar más claro en el libro de Homero, pero que no por eso deja de constituirse en la médula de la trama de la película: es quizás Odiseo el primer ser humano del que tenemos noticia que tomó una decisión ejemplar. Porque bien pudo haberse quedado con la ninfa Calypso en la isla de Ogigia donde ella lo acogió por siete años, y gozar de las supuestas mieles de la inmortalidad y de la juventud eterna que ella le ofreció; pero nuestro héroe optó por seguir siendo humano.

Hay que entender que Calypso se enamora de Odiseo y trata de retenerlo. En la película quedan en evidencia unos mecanismos claros de persuasión de la ninfa. Es una mujer bella y poderosa, de manera que, frente a su oferta, que a cualquier terrícola podría parecer irresistible, la respuesta del héroe es negativa: solo quiere regresar a su isla.
Dice Souvirón, en su libro ‘Hijos de Homero’ que esta decisión de “Ulises” (así bautizaron los romanos a Odiseo), desde el punto de vista mítico, marcó y fijo para siempre el camino por el que habían de transitar los antiguos griegos y buena parte de todos nosotros, más de tres mil años después.
Y el filósofo francés Stephane Vinolo va por esa misma línea cuando interpreta que en esa escena, podemos ver el mismo surgimiento de la filosofía: significa nada menos que: “vale más una buena vida de mortal vivida donde uno debe de estar, que una vida infinita en un lugar equivocado”.

Para él, se rompe la lógica religiosa típica griega en el sentido de que, en ciertas condiciones, la mortalidad y la finitud pueden valer más que la eternidad.
Con todos estos elementos considerados, podemos llegar a concluir que la película de Nolan no solo consigue sorprendernos y mantenernos el vilo por tres horas mientras Odiseo se instala de nuevo en su trono. También nos pone a viajar por los grandes fundamentos culturales griegos.
Quizás por eso hasta le perdonemos a Nolan que, en vez de un aedo, como debe ser, se incline por incorporar un rapsodo como recitador en algunos apartes de la película. Pero es que, si queremos conectar más con la gente de nuestro siglo, el rapsodo es mucho más parecido a nuestro rapero actual desde su condición verbal.
Y qué mejor que encargarle esos menesteres al famoso rapero Travis Scott.







