La historia de Sandra Vesga, la Fundación Manitos de Dios y su lucha contra el cáncer de tiroides
Con esta crónica iniciamos una serie sobre la labor de algunas personas y fundaciones, solidarias con los más necesitados

Por Guillo González/Kronos
Son cerca de las 8 de la mañana, a esa hora los rayos del sol calientan con fuerza y el calor se empieza a sentir con intensidad en el playón que los niños usan como cancha en el barrio El Porvenir de Soledad. Uno a uno van llegando, sorteando obstáculos en las callejuelas destapadas. Algunos se presentan con su mejor pinta, otros con lo que sus mamás pudieron colocarles, pero todos por igual sonrientes y esperanzados.

Las sillas son ocupadas en menos de 10 minutos, entre risas y charlas los 50 niños toman sus posiciones y se disponen a escuchar a los integrantes de una de las pocas organizaciones caritativas que periódicamente los visitan. En esta ocasión Sandra Vesga, la líder de Manitos de Dios, una fundación que desde hace 5 años se preocupa por ellos, organizó una entrega de alimentos y junto a la Cruz Roja, una jornada visual.

El sector del barrio en donde viven los pequeños está aledaño al basurero La Concepción, uno de los más antiguos del departamento y muchos de ellos ayudan a sus padres en el proceso de recolección y reciclaje de residuos para subsistir.

“La vida aquí para nosotros no es fácil, la mayoría de las familias vivimos del reciclaje y pasamos mucho tiempo en esa labor, incluso nuestros niños en su tiempo libre nos ayudan para tener más posibilidades de ganar algo de dinero y poder conseguir la comida. Por eso cuando algunas personas como Sandra se acuerdan de nosotros o están pendientes trayéndonos ayudas, alimentos, ropa, juguetes o útiles, nosotros lo agradecemos mucho, porque es una bendición que pocos nos dan”, comenta Lorena Guerra, una de las madres asistentes a la actividad.

Agentes de Cambio
Los niños que acuden a las reuniones que Sandra puede organizar reciben frutas, cereales, bebidas lácteas, yogures, panes y todo lo que ella pueda conseguir a través de sus diligencias y peticiones. Y en los meses especiales como diciembre, además de comida, la fundación reparte juguetes y ropa para los niños, o en enero y febrero útiles escolares para la temporada colegial.

La labor de Sandra y sus colaboradores se ha extendido a otros barrios como El Ferry en donde también han realizado ollas comunitarias y entrega de regalos para la población infantil vulnerable.

Sin embargo, la gestión de la fundación va un poco más allá. También brindan asesoría a los migrantes y colombianos que han regresado al país con pocas oportunidades laborales, un trabajo que lleva a cabo gracias a los convenios con organizaciones como Venezolanos en Barranquilla.

Los inicios en el camino de una mujer incansable
Sandra Milena Vesga Sánchez nació en Valledupar hace 46 años, pero cuando tenía 8, su familia llegó a Barranquilla en donde sus padres Germán y Carolina empezaron a administrar una tienda, más precisamente en el barrio San José, dos años después se radicaron en Soledad. Su progenitor Germán Vesga, santandereano ‘de pura cepa’ era tendero y según las palabras de Sandra, un ‘berraco’, un luchador, características que ella heredó.

A pesar de la fuerte unión familiar, Sandra ha sido una persona independiente y con objetivos de vida claros. Estudió derecho en la Universidad de Atlántico y desde muy joven empezó a trabajar.
A los 17 años fungió como auxiliar de secretaria en la Parroquia Santa Marta del barrio Simón Bolívar, un lugar que la ha fortalecido emocional y espiritualmente. Al tiempo que estudiaba alternaba otros oficios como ayudante de un prestigioso abogado, Felipe Echavarría, del cual aprendió mucho para su profesión; también trabajó como vigilante, hoster y mesera en discotecas como Seven y Agua helada.
En el año 2012 se hizo cargo de la Pastoral Social de la misma Iglesia y fue ahí donde empezó a ver de cerca las necesidades de muchas personas. “Comencé trabajando con los habitantes de calle que han hecho del bulevar de Simón Bolívar su hogar. Nos tocaba comprar productos al Banco de Alimentos y venderlos, y con las ganancias ayudar a estas personas que no tienen nada”, recuerda Sandra.

Sin embargo, fenómenos que pocos esperaban intensificaron su labor. “Cuando llegó la pandemia estábamos dando cerca de 20 platos al día, pero con la migración llegamos a dar 200, fue una época muy difícil pero también gratificante por llegar a ser un apoyo en situaciones desesperanzadoras para mucha gente”
Acceso y Manitos de Dios
Por una nota publicada en el periódico Publimetro, la empresa Acceso Colombia contactó a Sandra con el fin de vincularse apoyando la labor humanitaria que realizaban con los migrantes. “Acceso notó lo que estábamos haciendo y quiso ayudar.

“Ellos nos llamaron en 2017 para entregarnos una asignación semanal de 500 kilos de alimentos, el cual nosotros en la pastoral, lo procesábamos para dar de comer a los necesitados en ese momento. Así hacíamos mazamorra de plátano, jugos de frutas y chichas de maíz, entre otros”, apunta la gestora social y agrega sobre la empresa, “Esa labor que ellos hacen también es importante, pues se dedican a fomentar el desarrollo de los campesinos en departamentos como Córdoba, Norte de Santander, Antioquia y Atlántico. Los capacitan, les dan herramientas y apoyos para que cultiven sus productos y vendan sus cosechas”.

‘Manitos de Dios’ nació entonces en octubre de 2018, para canalizar esa ayuda que quería seguir entregando Acceso a través de otros canales diferentes a la Pastoral. Sandra creó y legalizó la Fundación y amplió su rango de ayuda, trabajando todo el año con los migrantes y retornados que se ubican en barrios vulnerables de Barranquilla y Soledad con jornadas médicas y regularización de documentos, sin dejar de lado las ayudas alimenticias a las personas más necesitadas de estos sectores.

“Ahora, además de Acceso, con los que trabajamos por convenios, mientras estos duren, también tenemos un fuerte vínculo con la Fundación Venezolanos en Barranquilla que es un auxilio invaluable para los migrantes”, termina Sandra el relato sobre su labor y los ‘ángeles’ que ha encontrado en su camino.

Llegó el cáncer
En su casa, en el barrio Costa Hermosa de Soledad, Sandra prepara y organiza su agenda semanal y mensual, contacta proveedores y clientes y sobre todo reúne, compra, acepta y vende los elementos que pueda para usar las utilidades en la preparación de los paquetes de ayuda y hacer la comida a repartir entre sus pequeños.

Es una mujer de carácter fuerte pero comprensiva y solidaria a más no poder. Sin embargo, su enfermedad la ha afectado más de lo que esperaba y a pesar de eso no pierde su motivación.
Debido a unos malestares y sensaciones extrañas y constantes como cansancio, pereza, sueño excesivo, irritabilidad y mal genio, Sandra decidió ir a consulta médica en septiembre de 2023. El doctor ordenó algunos exámenes y los resultados confirmaron lo que éste sospechaba.

El diagnóstico fue brutal para ella: cáncer de tiroides maligno. Ese día la vida de Sandra se partió en dos. “Cuando me enteré de lo que tenía me llené de ansiedad y temor, fue muy fuerte, pero por lo menos ya sabía a qué me enfrentaba y decidí asumir la lucha como me enseñaron mis padres, con valentía, apoyada de Dios siempre”, rememora Sandra desde la comodidad de su hogar.
Mientras acaricia a Junior José, uno de sus tres gatos, comenta sobre lo que vino después del impacto de la noticia. “Me programaron una operación para el día 7 de febrero del año pasado, exactamente una tiroidectomía, que es una intervención en los nódulos de la tiroides en donde el cáncer ha hecho metástasis, sin embargo y a pesar del bienestar que me produjo, el bendito cáncer volvió. En agosto, otros exámenes mostraron que lo tengo alojado en los ganglios del cuello. Ahora estoy en tratamiento, esperando una segunda operación”.

A pesar de no ser mortal, la enfermedad que Sandra padece la ha limitado de cierta forma en sus actividades diarias, pero no en su actitud frente a la vida. El apoyo para Sandra ha llegado de su familia, en especial de su pareja, José redondo su compañero de vida desde hace doce años, de igual forma, su madre, su hermana Luzdaris y sus sobrinos Isabella y Germán.
Diariamente sigue su trabajo de coordinar las actividades de asistencia social, así como la orientación a migrantes. Semanalmente canta en el coro de la iglesia y sigue su vida con más cuidados de lo normal, pero sin olvidar su misión de ayudar a las personas más necesitadas. “El cáncer podrá robarme la energía, pero nunca las ganas de vivir y de servir”, sentencia Sandra retadoramente.
