Sin cabeza, pero con memoria

Llevar el disfraz de El Descabezado en un desfile del Carnaval de Barranquilla resulta más que una anécdota.

Esta crónica es producto de un trabajo de inmersión periodístico en busca de la esencia de un personaje tan complejo como interesante.

Por Wilhelm Garavito Maldonado/Kronos

En una terraza del barrio El Santuario el sudor me recuerda en cada instante cuán vivo estoy. Es la mañana de un sábado, no cualquiera, sino la del 7 de febrero, el último antes del Carnaval. La memoria reciente de Barranquilla aún narra los traumas que trajo un frente frío durante la semana anterior, pero esta vez, cuando me alisto para perder la cabeza en las entrañas de un disfraz, el cielo parece confirmar que el cambio climático y los dioses paganos fijaron una tregua. ¡Habrá desfile a pleno sol!

Me alisto para la celebración del Carnaval del Suroccidente, un desfile que le grita a Barranquilla cuánto de afro hay en su andar. Me Quejo, La Manga, Lipaya, Nueva Colombia, El Valle, San Felipe y muchos otros sectores de la localidad más grande de la ciudad, no pueden ser definidos únicamente como barrios. La historia cuenta que nacieron siendo palenques urbanos. Allí la danza y la música folclórica son más que maneras de resistencia, son formas de ser y  trascender.

Los anuncios de la organización aseguran que 510 agrupaciones se van a apoderar de las calles a partir de las 11 de la mañana y como es costumbre, miles seguirán sus pasos con genuino entusiasmo. Así es el desfile en el que llevaré el disfraz de El Descabezado, el mismo que apareció en la fiesta currambera un día de 1954, como una caricatura de la vida nacional.

Ponerse el disfraz implica todo un método. Foto Esteban Menco Bermúdez/Kronos

Desde aquel tiempo Barranquilla y Colombia han contado con muchas transformaciones, pero la guerra que inspiró a un joven sensible de Calamar (Bolívar), antes que acabarse, también ha mutado, haciéndose más atroz y dando la sensación de ser interminable, sin limitarse a una historia elemental de buenos contra malos. Es la razón real por la que miles siguen perdiendo la cabeza, al no entender que la vida puede ser un Carnaval.

Este sábado no es igual a ningún otro vivido desde el tiempo en el que surgió El Descabezado. Ismael Escorcia Medina, el creador del personaje que se hizo institución carnavalera y memoria de los dolores de patria, falleció hace pocos días. El lunes 26 de enero cerró sus ojos tras 95 años.

Wilfrido, su hijo, portador de la tradición, quien al dar la mano en cualquier lugar se presenta como: “El Descabezado, segunda generación y Rey Momo del Carnaval 2008”, tiene armas para aferrarse a la tranquilidad. Combate el vacío sosteniendo el legado de su padre, recordando que fue sepultado en medio de música y letanías.

“Mi padre no fue cualquier hombre. Es mucha la gente que viene al mundo, pero muy poca la que deja una huella grande con sus mensajes. El Descabezado ya va en su cuarta generación y representa mucho en cada Carnaval de Barranquilla”, afirma Wilfrido, quien acaba su frase con una sonrisa amplia, al deleitarse con la gracia de Ismael, su nieto de 3 años, quien baila con cabeza en mano izquierda y machete a la diestra.

Un disfraz y dos historias

La corriente del Canal del Dique y lo que esta pudiera arrastrar marcó la infancia de Ismael Escorcia Medina, quien sin haber vivido muchos años, comprendió que aquellos cuerpos que iban decapitados hacia la desembocadura en el mar Caribe, estaban relacionados a un problema que también se respiraba en su pueblo. Eran los tiempos de la guerra bipartidista, en la que tanto radicales liberales como conservadores, ajustaban cuentas dejando sin cabeza a los del bando contrario.

Siendo niño, Ismael, miembro de una familia liberal, ante la persecución ejercida por conservadores, tuvo que salir de su pueblo y ser habitante de Barranquilla. El término desplazado no era tendencia, pero resultaba tan real como el crecimiento desordenado de las urbes en Colombia a causa de la guerra.

“La cosa después se complicó más, cuando mataron a Gaitán. Se veían muchos más descabezados y eso me marcó”, narró Ismael durante una tarde novembrina de 2025, cuando me convertí, sin saberlo, en su último entrevistador.

La abertura de la camisa causó risas en el público, que me gritaba: «cabezón». Foto Esteban Menco Bermúdez/Kronos

Aquella tarde, con una motricidad que lo condicionaba a permanecer en una mecedora y con dificultades para escuchar, reveló con plena lucidez el alma de su personaje: “El Descabezado es un homenaje a Jorge Eliécer Gaitán”, concluyó con firmeza.

Sentado en la terraza de los Escorcia contemplo a Miguel Salas, vecino del barrio que conoce los secretos del disfraz y perfecciona con sus manos los detalles que pocos alcanzan a notar. Las tijeras, la espuma y el bóxer confirman una triple alianza que parece imbatible para lo que pueda surgir en una batalla colmada de sol y viento.

En ese instante recuerdo que durante los años de mi vida universitaria comencé a bailar como El Descabezado en cualquier fiesta o recocha de bordillo, muchas veces, sin importar que el Carnaval estuviera lejos. Mi estatura (1,86 m) siempre favoreció y los pasos que surgían en el instante desataban risas, al punto que hasta extraños me regalaban tragos por la gracia.

Ver el Carnaval desde adentro es cautivador. Foto Daniela Pérez Mendoza/Kronos

La fama – para El Descabezado – llegó al nivel del séptimo arte cuando a mediados de 2023 el cineasta David David me vinculó al rodaje de su película: ‘El bien germina ya’, que se expresa en forma satírica de la política nacional. Revisando el guion de la historia, encontré que figuraba el disfraz creado por Escorcia y más tarde supe que uno de las preocupaciones no resueltas del director, era cómo trasladar el personaje hasta San Diego (Cesar), lugar designado para el rodaje.

Fue sencilla la solución: me puse el disfraz e interpreté ese patrimonio del Carnaval en el filme. Eso sí; un capítulo aparte marcó la admiración de Wilfrido, quien tras explicarme los pasos para ponerme la indumentaria y ver mis movimientos, desató una risa estruendosa, para luego sentenciar: “llave usted está listo. Cuando quiera puede desfilar con nostros”.

Hora de perder la cabeza

Con esos antecedentes llegué a la sede del Descabezado, dispuesto, más que a vivir una experiencia, a tener una mejor comprensión de la historia por ser parte de ella. Y más allá de conocer el origen del disfraz, cuando faltaban pocas horas para abrirme paso en las vías con el bamboleo característico del personaje, sentí que apenas comenzaba a interpretar el valor real de aquel acto, que traspasa un simple deseo de mímesis.

Ante la cercanía de la hora cumbre, sentí nostalgia por las historias carnavaleras de mi madre, quien en los remotos años 50 le temía al disfraz que dentro de poco yo llevaría. También me  conmovió notar que en la entrada de los Escorcia hay un museo que relata más que la cronología de un patrimonio. En sus paredes está la síntesis de una sociedad, que hace siglos aprendió a ponerle punto aparte a sus guerras para aliviarse con el jolgorio.

Las reacciones del público conmueven. Foto Oscar Berrocal/Kronos

Las advertencias de los expertos son continuas. Es irrefutable que para no defraudar en el recorrido de 4 kilómetros, debo comerme por lo menos dos bocadillos de guayaba, almorzar – sin excesos para evitar el vómito – y tomarme por lo menos litro y medio de agua, sin olvidar la ida al baño antes de tener encima el armazón de alambres y espuma.

Sin ápice de risa todas las instrucciones salen de boca de Wilfridito, como llaman en casa al hijo del Rey Momo y tercera generación del Descabezado, sin que importen sus 31 años y su apariencia de atleta lanzador de jabalina o martillo.

Entre órdenes y alegría

Sin importar haber sido El Descabezado ante una cámara de cine, esta vez debo probarme el vestuario antes de salir hacia la zona de concentración, fijada en el barrio La Libertad. Al armazón y al vestuario de lino burdo, se suma un falso cuello de espuma que promete calor. Además fue necesario que un ayudante hiciera una fuerza extrema para lograr cerrar la camisa, cuyo botón más alto cubre mi frente.

Tras la prueba, calificada de exitosa, debo decidir qué cabeza  llevaré. El grupo de descabezados esta vez lo conformarán un puñado de jóvenes del barrio, quienes sienten devoción por el Carnaval, también está el tercer Wilfrido de la familia, quien apenas tiene nueve años, pero habla con rigor de estudiante para referirse al Bogotazo que inspiró a su bisabuelo.

El machete siempre va en la mano derecha y la cabeza en la izquierda a la altura de la cintura. Foto Oscar Berrocal/Kronos

A su vez, Wilfrido Escorcia – el Momo que se llama igual que su hijo y su nieto -, sin levantar la voz, me habla con autoridad para sentenciar: “vas a llevar la cabeza de Jorge Eliécer Gaitán. Es lo correcto porque eres profesor de historia”.

Con aquella frase que condicionó mi destino próximo a un reto extraordinario, se desata un entusiasmo que mi sonrisa permanente no alcanza a hacer visible. En minutos todo está listo y faltando poco para el mediodía partimos a cumplir con la cita.

Cualquiera de los actores que se acercan al grupo, puede llevar la cabeza de Diomedes Díaz, Carlos Valderrama, Edgar Rentería o Pedro ‘El Escamoso’. Poco se comenta al respecto entre palcos y andenes, pero esta es una manera tácita de indicar que la guerra, atenuada con la definición de conflicto interno, es una tragedia que no distingue segmentos.

El arribo al punto de encuentro fue tranquilo y la primera gesta que consolidó el grupo, fue conseguir una esquina con sombra para tomar sopa de mondongo, servida en vasos desechables. Respiro profundo, me concentro en no gastar más energía de la necesaria y mientras me divierto con la música de unos tamboreros recibo el llamado para ponerme el disfraz.

La travesía

Por alguna razón que nadie descifró, cuando volví a convertirme en Descabezado, minutos antes de la partida, la parte superior de la camisa nunca alcanzó a ser cerrada. Varios compañeros intentaron ayudar recurriendo a fuerza, técnica o astucia y en ningún caso hubo éxito.

Wilfrido, con la madurez de sus siete décadas me mira tranquilo y sostiene: “la talla tuya es la misma de mi papá, pero quién sabe qué pasará hoy. Vamos para adelante, al Carnaval no se le falla”.

Tras sentir en la última parte de su frase una dosis de marcialidad entro al desfile. El inicio no parece alentador, pues en menos de una cuadra acabé con una botella de agua, aunque tengo más visibilidad y respiro con mayor libertad que mis cinco compañeros, debido el impase de la camisa.

Sudar a chorros es parte de la experiencia. Foto Daniela Pérez Mendoza/Kronos

Me concentro en disfrutar, ahora resulta maravilloso sentir lo que la masa espera de un disfraz. El primer tramo es en descenso y guardo las precauciones que me dieron en la mañana. Mido la intensidad de los movimientos y dejo ir el cuerpo. Pero no paso mucho tiempo para entregarme en pleno al goce, al punto que tropiezo con otros disfraces y es un niño del público quien me indica que la brisa me arrancó la corbata.

La rescato sobre un costado de la vía y tras guardarla en un bolsillo mantengo el brío de quien estrena juguete. Ya son las 2 de la tarde. Lo sé gracias a una voz cuyo rostro no conocí, pero me tranquiliza que la temperatura tiende a bajar.

Un detalle que no deja de sorprenderme, es que en cada paso escucho que me llaman pidiendo que haga pausas para tomarnos fotos. Entiendo entonces la dimensión estelar que tiene El Descabezado en el contexto del Carnaval.

La cercanía de la gente

Me adentro en el desfile y cuando estoy sobre el segundo tramo, correspondiente a la calle 70C, alcanzo a tener una hipótesis que más tarde el colega Fabio Ortiz entre risas calificó de sociológica. Todo comenzó cuando en medio del bamboleo, buscando ser risible, sin olvidar el tono amenazante con una enorme cabeza y un machete de madera, noto la naturaleza punitiva de nuestro pueblo. “Señor llévese a este niño que no hace caso”. “¡Sin cabeza!, llévate a este pelao que no quiere ir al colegio”, son algunas de las frases que resuenan una y otra vez en ambos costados.

Sin haber llegado a la mitad del recorrido, la experiencia me permitió notar que aún somos un pueblo que cree en el castigo como medio principal para generar consciencia. Pese a que el sol me hace ver el mundo a contraluz cada vez que bailo, y que un alambre fuera de lugar me lastima una costilla, alcanzo a pensar que aquella conducta es un rezago de la inquisición, como solía decir el historiador Francisco de Zubiría.

Sigo la travesía y en cada paso la realidad me reitera que el Carnaval en barrio popular sabe distinto. Al cruzar en la carrera 21B y acercarme a la recta final, escucho como un picó reemplaza a otro en menos de media cuadra. La cadencia es general, hace parte de todos los sentidos y me esfuerzo por no olvidar que El Descabezado debe cumplir con unos cánones. Aunque es un muerto viviente no debe perder la coherencia de sus pasos.

Sentía que andar con los ojos cerrados mejoraba la escena. Foto Oscar Berrocal/Kronos

Cuando ya falta poco para la recta final, en la esquina del colegio Sofía Camargo de Lleras, ocurre lo inesperado, Wilfrido, señor al que entrevisté por primera vez hace casi dos décadas, cuando iniciaba mis días como periodista, me agradeció ser parte de la cofradía carnavalera y sostuvo. “Hoy eras mi preocupación. Pero diste la talla. Bienvenido siempre”.

Poco después del halago miro el horizonte y calculo que llevo las fuerzas justas para las calles que me faltan. Sin importar que tengo la sensación de haber perdido peso, me abraza una felicidad que no alcanzo a cuantificar. Se debe sencillamente a que hice parte de la fiesta y la entiendo mucho más por ser una nota de la melodía y del color que generó el frenesí.

Ya sin disfraz, detallo la humildad de cada compañero de la jornada. Ellos, hijos de la periferias y de las historias de desplazamientos, son las caras auténticas del relato que comenzó a contar el señor Ismael, como es recordado.

Ser Descabezado por una tarde, me permite hoy entender que el personaje, más que temible, es un irreverente al que le alcanzan unos ojos de caucho y una cabeza de papel cemento, para entregar una lección a una sociedad que tiene en el Carnaval una forma de redención frecuente. Con Joselito se marcha siempre la fiesta y con El Descabezado vuelve la memoria.