El Malecón de Riohacha no es solo una calle frente al mar; es el cordón umbilical que une la cosmogonía indígena con el ‘mundo Arijuna’.
En el paseo peatonal convergen a diario cientos de artesanos indígenas y visitantes.
Por Guillo González/Kronos
El silencio de la mañana riohachera es interrumpido por el conductor de un Jeep Willys modelo 70, color rojo, que surca la avenida Primera entonando Dueña de mi felicidad, de Los Betos, a todo volumen. Al mismo tiempo, se vislumbran las primeras figuras de hombres y mujeres wayúu llegando lentamente al malecón para exponer sus preciadas creaciones.

Los primeros en arribar desenrollan las lonas o plásticos con los que protegen su mercancía y comienzan la labor de acomodar los productos según su clase, tamaño, color y calidad. Son cerca de 150 artesanos agrupados en cinco asociaciones que, junto a sus familias, se instalan a lo largo de los aproximadamente 1.200 metros que tiene el malecón, uno de los sitios más visitados de la ciudad.

Se trata de indígenas provenientes de diferentes partes de La Guajira: hombres de carácter fuerte, mujeres maduras curtidas por el sol y la experiencia, y niños que aprenden de sus mayores el arte del tejido para preservar su tradición ancestral.

A medida que la mañana avanza y el calor se intensifica, llegan más artesanos hasta copar casi toda la extensión del espacio que antecede a los siete sectores de playa, mezclándose con los vendedores de alimentos, bebidas y otros productos. El lugar se convierte en un mercado al aire libre que ofrece a unos la posibilidad de sustento y, a otros, la oportunidad de apreciar artículos propios de la cultura que prevalece en el departamento.
Tejiendo y vendiendo
Son muchas las historias que podrían destacarse en un recorrido por el malecón: mujeres concentradas creando mochilas de finos acabados a partir de una bola de hilo, u hombres exponiendo novedosos artículos de decoración mientras ayudan a sus esposas o madres a retocar sus artesanías.

Belkys Jayariyü, por ejemplo, tiene 48 años. Se resguarda del sol con una sudadera con capucha que le cubre el torso, los brazos y la cabeza. De baja estatura, piel clara, pecosa y ojos marrones, esta mujer de expresión serena es oriunda de Nazareth, en la Alta Guajira. Llegó hace siete años a Riohacha para aprovechar su habilidad como tejedora y obtener una entrada económica que le permita subsistir a ella y a su familia.

Se acomoda al comienzo del malecón, de espaldas al sector de playa número dos, conocido como Jasai. La mayoría del tiempo teje mochilas, bolsos, monederos y hasta prendas de vestir. La acompañan sus dos hijas, un hijo, un yerno, una nuera y su pequeño nieto, todos aportando a la economía familiar. “Aquí todos hacemos algo: mis hijas, mi nuera y yo tejemos; mi hijo y mi yerno venden y buscan los almuerzos”, expresa la mujer con voz suave mientras borda una mochila.

Sobre el plástico negro, Belkys y su familia ofrecen piezas de distintas clases: desde sencillas hechas con una sola hebra, hasta otras más complejas con borlas, pompones, recamadas, estilo Rapunzel o personalizadas. Los precios varían según la calidad y el estilo; se pueden encontrar piezas desde los 25 hasta los 150 mil pesos, sombreros a 30 mil, monederos por 10 mil y manillas a 2 mil pesos. “La calidad es lo que le gusta a la gente. Aprendimos de nuestros padres y abuelos; yo aprendí de mi madre, Rosa, y le enseñé a mis hijas para que se defiendan en la vida, siempre con amor y dedicación”, comenta la matrona sobre la transmisión de saberes.
Mantas y blusas que plasman historias
Al pie del Monumento a la Identidad, del artista Yino Márquez, está el puesto de Wilson González y Patricia García. Él es wayúu y ella, arijuna – no indígena-. Tienen un par de años de haber llegado de Uribia y ofrecen mantas y blusones guajiros, productos altamente valorados y comprados.

Extendidas sobre una lona, estas prendas captan la atención por sus motivos —tejidos, estampados o tapizados— que resaltan la belleza de la tierra y artículos como el carrache, la dama guajira, las aves y la flora de la región.
Patricia, oriunda de San Sebastián (Magdalena), se enamoró de la cultura de su esposo y busca revalorizar el trabajo artesanal: “Esto que ofrecemos son creaciones de personas con una sapiencia ancestral cuya labor es poco valorada. Nosotros las compramos a buen precio y pedimos lo justo a los compradores que aprecian esta belleza”.

Mientras ella, con una energía que sorprende, atiende uno a uno a cada potencial comprador, Wilson, por su parte, organiza con calma cada prenda y muestra con orgullo sus hermosos y bien elaborados motivos. Su paciencia y tranquilidad contrasta con la hiperactividad de su mujer pero juntos transmiten un enorme sentido de pertenencia y amor por lo que hacen y ofrecen.
Dedicación, ingenio y creatividad
En otro sector del paseo, Fernando Carrillo Epiayú trabaja con paciencia. Dice que puede tardar hasta tres días en terminar el decorado de una mochila recubierta con piedras finas, ubicándolas una por una con extremado cuidado para seguir el patrón del tejido, cuyo significado deriva de la naturaleza y las tradiciones. Fernando ayuda a su madre, Margarita, quien lleva 30 años vendiendo artesanías.

Vender artesanías en el corazón de Riohacha no es fácil. Los cerca de 200 vendedores diarios deben lidiar con las altas temperaturas, la lluvia, la competencia y la fluctuante afluencia de compradores. No obstante, la determinación y el férreo carácter de los wayúu les permite sobrellevar las dificultades y hacer del malecón una vitrina significativa para mostrar la importancia de su cultura.

Jorge González, es un caso para destacar en medio de tejedores expertos. Todos los días acomoda sus creaciones en los muros de la parte final del malecón y la vistosidad de éstas llama la atención de los visitantes. Se trata de cuadros decorativos tejidos que muestran el entorno indígena, narrando con elementos significativos su acontecer y cosmogonía.

Hábil tejedor de 33 años, Jorge, aprendió en la Alta Guajira con la familia Ipuana. Con el tiempo, fue modificando su trabajo y buscando un estilo propio para ofrecer un producto diferente y llamativo, sin perder la esencia de su etnia.
Espacio para una etnia orgullosa
El malecón ha sido históricamente la «frontera amable» de Riohacha. Mientras el mar Caribe acaricia la playa, las mujeres wayúu —guardianas del linaje y el tejido— transforman este espacio de tránsito en un mercado espiritual. Tras su última remodelación, se consolidó como la vitrina cultural más grande de La Guajira.

El tejido es un acto político y de resistencia. En una región con carencias, el malecón es el bastión donde las mujeres sostienen la economía familiar, convirtiendo el saber ancestral en sustento. Al observar los productos, se nota su fuerte significado: las mochilas no son simples accesorios, sino mapas de una cosmogonía.

Cada figura geométrica, o kanaas, es la representación del entorno. El Pasataloou, por ejemplo, imita las huellas de un burro en la arena, y el Jalajala representa las tripas de una vaca, simbolizando la importancia del ganado. Otros más complejos, como el «Ulichibi», que dibuja los nudos de la red de pesca, rinden homenaje al mar que tienen justo a sus espaldas mientras venden, susurrando notas de tranquilidad.

Pero el significado va más allá de la forma. El tejido es un rito de paso: durante el encierro (el paso de niña a mujer), las jóvenes aprenden de sus tías y abuelas que tejer es pensar. Una mochila con un tejido apretado y figuras perfectas habla de una mujer paciente, centrada y dueña de su destino. Por eso, cuando una artesana despliega su mercancía sobre el cemento del Malecón, está exponiendo su propia genealogía y la destreza de sus manos, que son el motor que sostiene la vida en la ranchería.

El último suspiro del sol
Cuando el sol empieza a hundirse en el Caribe, tiñendo el cielo de un naranja intenso, el malecón vive un momento sagrado. Las mujeres comienzan a recoger sus tesoros, guardando los hilos que llevan grabada la esperanza del mañana. Se van como llegaron: con la dignidad intacta.

En ese instante, se entiende que el lugar no es solo un punto turístico; es el escenario de una resistencia silenciosa. Mientras el mar sigue su eterno vaivén, las huellas de estas mujeres quedan impresas en el paisaje, recordándonos que, mientras haya una mano wayúu entrelazando una aguja, la historia de este territorio jamás será olvidada.

Al final del día, lo que se vende en Riohacha no es una artesanía, es el latido de un pueblo que se niega a ser invisible, tejido punto a punto frente a la inmensidad del cielo azul.







