Vivencias, análisis y conceptos que ayudan a entender el significado del Carnaval y el aporte de sus protagonistas
Por Wilhelm Garavito Maldonado/Kronos
“El Carnaval es para todos y siempre tiene que estar al alcance. La comercialización es una realidad, pero la esencia está en que todo el mundo vea el folclor de cerca. Así las nuevas generaciones lo respiran, se familiarizan con él y crecen dándole el valor que merece”, La aseveración la hace Rafael Altamar, líder de la cumbiamba El Cañonazo y Rey Momo de 2010, refiriéndose a la percepción ideal de una celebración tan significativa para todo un pueblo y una región como lo es el Carnaval de Barranquilla.

En el imaginario colectivo siempre está presente el Carnaval como un todo, pero son muchos los factores y elementos que lo componen y por supuesto son las personas quienes terminan dándole vida desde sus aportes a un tan singular evento que congrega toda una cosmología, que además de verse y tocarse, se siente y se disfruta desde las emociones.

En la esencia está la diferencia
Carnaval significa un estado del alma en quien lo hace, lo vive y lo goza en cada respiración. Es el instante de catarsis que tiene una sociedad para llevar al máximo el colorido y la sonoridad de todo lo que merece remembranza, e igualmente de hacerle una mofa a la realidad.

Es esta la diferencia que se marca entre la celebración del Dios Momo (Patrimonio de la humanidad desde 2004) y un simple festival, que consiste en exhibir maneras artísticas o culturales.

Carnaval de Barranquilla S.A.S., entidad que organiza la celebración cultural más grande de Colombia desde 1992, asegura que en materia de hacedores conviven 50 mil personas, entre las que hay 6.450 músicos, 1.050 costureras, 910 maquilladores, 980 artesanos y 280 teatreros, entre otros.

Y más allá de las estadísticas, genera en lugareños y visitantes una fascinación extraordinaria seguir de cerca el paso a paso de quienes finalmente son arte y parte del Carnaval.
Del pueblo, para el pueblo
Ver en parques, plazas o hasta en plena calle los ensayos de las cumbiambas y más grupos dancísticos es posible y sencillo cuando se acerca la fiesta. También es protagonista del paisaje urbano la música folclórica, pues los tambores y flautas de millo se toman los espacios comerciales – formales e informales – sin que represente algún tipo de incomodidad.

Además, como si fuera poco, los hacedores carnavaleros, más allá de encontrarse en su ciclo de estelaridad, se mantienen al alcance de todos, pues en esencia no dejan de ser gente del común, que habla de rumba, del Junior o cuenta chistes en cualquier esquina.

“Con el Carnaval existe siempre un compromiso, que va por encima de cualquier circunstancia. Hay que cumplirle a la fiesta y es un asunto de devoción, que va más allá de cuál sea el presente económico o de los dolores que uno tenga encima”, sostiene Wilfrido Escorcia, heredero del emblemático del disfraz conocido como El Descabezado, enjugándose el sudor después del exigente recorrido de la Batalla de Flores de este año.

‘Wil’, quien también fue Rey Momo, viene de un linaje carnavalero que empezó su padre Ismael y que han transmitido a hijos y nietos consolidando una tradición que parece tan fantástica como tangible y sorprendente, pues vaya que sólo en algunos de los más osados sueños y leyendas se puede ver a un hombre de enormes formas blandir su cabeza y un machete al son de su andar bamboleante.
Pregones que cuentan historias de cambios y permanencias
José Pérez, cantante del Congo Grande, una de las agrupaciones más icónicas del Carnaval currambero, nos cuenta, al filo de la tarde del sábado de carnaval, lo que expresa en sus versos, “El Carnaval es la manera más elocuente que nuestra sociedad tiene para manifestar a los cuatro vientos su existencia. Somos un pueblo que grita que sobrevivió a la tragedia que significó la diáspora africana, al genocidio sufrido por nuestros ancestros indígenas, y que igualmente supimos asimilar los rasgos culturales traídos por los europeos” y sentencia con convicción, “Por eso la fiesta es de todos y la hacemos con tanta emoción y devoción”

Muchas son las cosas que han cambiado en el mundo, e igualmente en Barranquilla y su Carnaval, desde los tiempos en los que la celebración se encontraba lejos de la industria, contando así con una menor carga estilística en su puesta escénica.
Ha aumentado el brillo de los vestuarios, al igual que el sinnúmero de sonoridades con las que se agitan los cuerpos durante los cuatro días que anteceden al miércoles de ceniza, entre muchos otros factores, pero en esencia, el ímpetu de quien sencillamente quiere mostrar sus maneras de ser y hacer, se mantiene sin que nada lo amenace.

Simbología carnavalera
Una lucha entre la vida y la muerte, ofrece con un montaje coreográfico, la danza del Garabato en cada Carnaval. Quienes mantienen la posición purista hacia la tradición, exhiben una confrontación que es ganada por la muerte, la cual indica que se debe morir para volver a nacer, tal como ocurre cada año con la fiesta de Barranquilla.

En otras adaptaciones, más relacionadas al brillo de la contemporaneidad, triunfa la vida, representada por el caporal del grupo.
Lo curioso, es que más allá de quién se imponga en la lucha del momento, lo garantizado es que siempre habrá Carnaval. Así se resume el sentir de los hacedores y de los barranquilleros alrededor de su jolgorio, el que comenzó a llegar por mar y río desde el alba del siglo XVIII.

Datos invaluables que ayudan a comprender
1875 es el año en el que fue creada la danza del Congo Grande, la más antigua del Carnaval de Barranquilla.

Los tambores del Carnaval de Barranquilla siguen siendo fabricados artesanalmente. Imperan los instrumentos hechos con madera de ceiba amarilla, la cual permite un sonido más fuerte, que facilita la misión del tamborero en los grandes desfiles.

1902, 1947 y 2021, son los únicos años en los que el Carnaval de Barranquilla no se celebró o fue suspendido. La primera fecha obedece a la Guerra de los mil días, la segunda al accidente aéreo en el que murió el futbolista Romelio Martínez y la tercera a la pandemia del Covid-19.

Son solo algunos datos sueltos que sirven para resaltar lo valioso que es la fiesta para el barranquillero, pero también, destacar el trabajo de quienes, tras bambalinas aportan su talento, creatividad, esfuerzo mental y físico, entre muchas otras aptitudes, para que los millones de carnavaleros disfruten de una fiesta que cada año se renueva, pero que a la vez conserva, franca y diáfana, una esencia ancestral que sabe a pueblo.
