El Ceremonial de la Muerte es considerado el evento más antiguo del departamento en el marco de las festividades carnavaleras
«El Ceremonial de la Muerte no es una alegoría a la muerte, sino un baile por la vida”, Fernando Ferrer Muñoz
Por Guillo González/Kronos
A la muerte la encontré en las graderías del polideportivo del barrio Hipódromo, cerca de las siete de la noche, estaba afanada, pintando su rostro con los últimos toques cadavéricos, acentuando los cuencos de los ojos con pintura negra.

A un costado, recostado sobre uno de los postes de las luminarias, su aterradora guadaña, coronada con un cráneo de cabra y aparentemente filosa y cortante como siempre lo ha requerido.
Cuando me acerque, me miró de soslayo a través de su pequeño espejo sin inmutarse. Le dije que quería retratarla con toda su indumentaria a lo que accedió gustosa. ‘Solo deja que acabe con el maquillaje de los pómulos y termine de cambiarme” me contestó con gentileza.

Y así lo hizo, cuando su tarea de maquillaje y atavío quedo completa, la Muerte Encuera posó y agradeció la atención de mi parte, es más me recomendó a otras muertes cercanas, “ahí en la tienda encontrarás algunas preparándose”, comentó ya emocionada.

Alejandro Antonio Del Castillo es quien encarna, desde hace 26 años, ese personaje de leyenda y miedo y solo dos horas antes había salido de la Zona Franca de Galapa, donde labora como técnico de operaciones portuarias para dirigirse a su cita anual en el Ceremonial de la Muerte de Soledad, donde participa como parte de la comitiva funeraria de la reina central.

Foto Guillo González/Kronos
Así, después de encontrar a otras muertes y sus esbirros, me fui introduciendo en el viaje de uno de los desfiles más importantes culturalmente hablando de Colombia y una de las joyas más simbólicas del Caribe colombiano, porque no es solo un desfile; es un recordatorio de que, en Soledad, la vida siempre tiene la última palabra.
Un ritual centenario
El Ceremonial de la Muerte, es el rito con el que inicia el Carnaval en el departamento y por eso, precisamente la Gobernación ha entrado a apoyarlo y está incluido en el programa Ruta de la Tradición del Carnaval del Atlántico que busca resaltar las expresiones culturales más autóctonas y promover la preservación de las tradiciones.

El desfile empieza siempre al filo de las seis de la tarde, con la participación de grupos infantiles y de la tercera edad, los cuales, al son de los tambores, danzaron orgullosos ante cientos de espectadores apostados en las aceras y terrazas de algunos barrios del casco viejo soledeño.
Aunque el ritual que vemos hoy cumplió recientemente 28 años en su etapa moderna, sus raíces se hunden en el tiempo. Historiadores locales señalan que esta manifestación tiene sus orígenes en el Medievo europeo y llegó a nuestras tierras con el sincretismo de la Iglesia Católica durante la Colonia.

En Soledad, este acto callejero se realizaba con fuerza a finales del siglo XIX, siendo reconocido como el más antiguo de Colombia, pero con el tiempo quedó en el olvido, como una sombra que se desvanece. No fue sino hasta finales de la década de los 90 que la Academia de Historia de Soledad decidió rescatarlo del polvo de los archivos.

Este año como todos los 20 de enero el desfile lo comandó la reina del Carnaval de Soledad 2026, que en esta ocasión es María Paula Amaya, y contó con la participación aproximada de 2.500 personas, entre danzantes, actores, adultos mayores y colectivos culturales. El cierre tuvo lugar en la plaza San Antonio de Padua, donde, tras el triunfo simbólico de la vida, la soberana declaró oficialmente abiertos los Carnavales de Soledad 2026.

“Si la muerte muere, morimos todos”: el manifiesto de un visionario
El rescate del Ceremonial de la Muerte no fue un accidente, sino el resultado de la terquedad apasionada de Fernando Ferrer Muñoz, presidente de la Academia de Historia de Soledad y Director del Ceremonial.

En un momento en que la tradición agonizaba bajo el peso de la modernidad y el desinterés institucional, Ferrer se convirtió en el «médico» de esta memoria herida. Su gran aporte no solo fue sacar la danza nuevamente a las calles de Soledad, sino dotarla de un rigor investigativo y una estructura organizativa que la elevaron de un simple desorden callejero a Patrimonio Cultural del Departamento.

Gracias a su gestión, se recuperaron los versos satíricos de las viudas, la cadencia exacta de la flauta ‘e millo y el tambor y ese sentido de «teatro popular» donde el pueblo no es un espectador, sino un protagonista que lucha contra el olvido. Ferrer no solo rescató un desfile; le devolvió a los soledeños el espejo donde mirarse cada 20 de enero para reconocer su propia historia.

Yo siempre lo dije: el soledeño es un ser que se ríe de su propia desgracia para poder aguantarla. Por eso, el Ceremonial no podía quedarse en los libros de historia; tenía que estar en el asfalto, sudando, bailando y asustando a los pelaos para que nunca se olviden de dónde vienen», una de las célebres anotaciones del maestro Ferrer.

La Batalla: ¿Por qué danza Soledad?
El desfile como tal surca las arterias polvorosas del municipio, pero la noche bulliciosa y altiva alcanza su clímax en la Plaza central del pueblo. El relato es claro: la Muerte, personificada por decenas de actores con guadañas, intenta «asaltar» a la Reina de los soledeños y detener la fiesta. El sonido de los tambores emula el latir de un corazón acelerado.

En el escenario, se libra un duelo dancístico al ritmo de Garabato. Las muertes acosan, pero la vida —representada por la soberana de las fiestas— resiste. Al final, en medio del jolgorio y un estallido de aplausos, la muerte cae derrotada. La vida gana, el permiso para gozar el Carnaval se firma con el sudor de los bailarines y Soledad proclama que su cultura es inmortal.

Para el soledeño, el Ceremonial es su identidad. Es el evento que diferencia a Soledad del resto de los municipios del departamento. No solo activa la economía local y el turismo, sino que funciona como un «cordón umbilical» que conecta a los niños con sus mayores y con sus ancestros.

En un municipio que ha crecido entre la modernidad y el caos, el 20 de enero el tiempo se detiene. El Ceremonial de la Muerte le recuerda al mundo que, aunque el fin sea inevitable, en el Caribe siempre habrá un tambor para celebrar que, por ahora, seguimos aquí, vivitos y bailando.







