El planeta se nos muere

El peso del futuro: Cuando el cambio climático se mete en la cabeza de los jóvenes.

En Temas Contemporáneos, analizamos la preocupación de las nuevas generaciones por el estado del medio ambiente.

Por Guillo González/Kronos

A sus 21 años, a Camilo Restrepo no le trasnocha tanto conseguir el primer empleo o el examen final de la universidad como el mapa de las zonas costeras para el año 2050. Camilo sufre de eco-ansiedad, un término que los psicólogos contemporáneos utilizan para describir el miedo crónico e indefensión ante el deterioro ambiental del planeta. No es una patología extraña; es el pan de cada día de una generación que creció viendo documentales sobre osos polares famélicos y titulares sobre olas de calor apocalípticas.

«Es una sensación de frustración constante», explica Camilo mientras camina por un parque urbano. «Ves que los gobiernos firman tratados que no cumplen, que las industrias siguen contaminando y tú te sientes un tonto separando el plástico del vidrio en tu cocina. A veces pienso: ¿para qué voy a comprar una casa, o para qué voy a tener hijos, si no sé cómo va a ser el clima en treinta años?».

Imagen generada con IA

La Asociación Americana de Psicología (APA) define esta condición no como una enfermedad mental, sino como una respuesta emocional lógica ante una crisis real. Una encuesta global realizada a 10.000 jóvenes de entre 16 y 25 años arrojó un dato escalofriante: el 45% de los consultados afirma que la ansiedad por el cambio climático afecta negativamente su vida diaria, sus estudios y su sueño. La juventud actual padece un duelo anticipado: lloran el planeta que no van a conocer.

La doctora en psicología clínica Eliana Tobón explica que el gran peligro de la eco-ansiedad es la parálisis. «El bombardeo de malas noticias produce ‘indefensión aprendida’. El cerebro del joven piensa: ‘Si el fin del mundo ya viene, nada de lo que yo haga importa’, y se deprime».

La erosión costera y el embate del mar en áreas habitadas es un tema preocupante. En puerto Colombia, Atlántico, la situación es evidente. Foto Guillo González/Kronos

Por eso, la cura para este mal contemporáneo no está en los divanes, sino en la acción colectiva. Eso fue lo que salvó a Valeria Sotomayor, una estudiante de biología de 22 años que pasó de llorar viendo noticias a liderar un colectivo de reforestación urbana en su comunidad.

«La ansiedad se me quitó cuando me llené las manos de tierra», dice Valeria, mostrando con orgullo sus uñas con restos de sustrato. «Entendí que yo sola no voy a salvar el Amazonas, pero puedo sembrar diez árboles nativos en mi barrio. Puedo presionar a mi junta comunal para que gestione mejor los residuos. La acción es el único antídoto contra el miedo».

La crónica de la eco-ansiedad es la historia de una generación que carga sobre sus hombros el peso de los errores del pasado. Pero también es la crónica de un despertar. Cuando el miedo se transforma en combustible, los jóvenes dejan de ser víctimas del futuro para convertirse en los arquitectos del presente.

Algunas iniciativas de parte de las administraciones pueden marcar la diferencia en la actitud de afrontar estos temas. Foto Guillo González/Kronos