Cerca de 20 personas hacen un recorrido de 8 kilómetros a manera de penitencia, flagelándose o cargando una pesada cruz, en una centenaria tradición
Por Guillo González/Kronos
Vicente Bocanegra, con 76 años de edad y 8 años de realizar el ritual de los penitentes, fue el primero en tomar la calle de la amargura, desde el caño de Las palomas, en Sabanagrande, hasta la carrera 6 de Santo Tomás. Es un recorrido extenuante, más aún si se hace descalzo y recibiendo un castigo constante en la espalda con bolas de cera.

Su andar cansino y los entrecortados lamentos daban cuenta de su dolor, pero al final, como el mismo lo expresó, ‘todo valió la pena’, pues está convencido que el milagro de su salud se debe a la promesa que le hizo al Señor y que cada año debe pagar flagelando su cuerpo.

El evento de los penitentes es uno de los rituales más antiguos que se realizan en el departamento del Atlántico, pues según el historiador, Pedro Badillo, data de 1850, cuando dos hombres oriundos de la población, Tomás Berrío y Tomás Manotas, iniciaron esta práctica a lo largo de la calle de la Ciénaga, hasta la Cruz Vieja, o la Ermita, donde actualmente culmina la actividad religiosa.
Solo hasta 1980 salió la primera mujer penitente, Angela Conrado, también tomasina, lo que generó gran revuelo en la población, hoy son varias las que hacen parte de este acontecimiento cíclico.

Una tradición que congrega cientos de personas
A pesar de ser populares, los penitentes han tenido también rechazo por parte de la iglesia católica. La historia cuenta que el Concilio Vaticano II desaprobó este tipo de práctica religiosa, considerándola salida de tono, teniendo en cuenta las reformas aprobadas en dicho concilio, hacía el año de 1967.

En ese año, la orden de la Diócesis de Barranquilla fue la prohibición inmediata de dicha práctica, sin embargo, en 1968, con 7 flagelantes, se retomó el rito por las polvorientas calles del municipio.

El evento siempre ha congregado a cientos de personas que observan como, uno a uno, los peregrinos hacen su recorrido, pagando su ‘manda’. Pero con el correr del tiempo, la crítica se ha dirigido a las personas que han hecho del acontecimiento un negocio, vendiendo variados productos en las aceras de las calles por donde estos pasan.

Desde dulces, obleas, mecatos y comida rápida, hasta puestos de almuerzos y bebidas alcohólicas se apostan cada año a lo largo de la senda que transitan los adoloridos feligreses y muchas son las personas que acuden al acto solo para saciar su morbo y curiosidad.

Historias de vida y esperanza
Pese al calor, con una temperatura que oscila entre los 30 y 35 grados centígrados, las condiciones del terreno que deben caminar y el castigo que se autoinfligen o el peso de las cruces, uno a uno parten los penitentes, desde las 8 de la mañana hasta casi las 2 de la tarde, con intervalos de 10 a 20 minutos entre cada uno.

Algunas mujeres penitentes llaman la atención por su resistencia, como Carmen Castro De la Hoz, que vestida de nazarena, ha llevado una cruz de madera durante 14 años, pagando manda por la salud de dos de sus sobrinos o Cecilia Fontalvo Acosta, que se flagela hace 2 años debido a la promesa que hizo por la curación de su hermano.

A la mitad de su camino hacía la Cruz Vieja, Fabio Rafael Urieles se toma un respiro, recibe hidratación de parte de su hermana Idalia que aprovecha para enjugar su sudor y darle ánimos para continuar cargando la cruz. Ambos llegaron procedente de Maicao, en La Guajira, para pedir por la curación de Fabio que padece de Parkinson, aunque ambos manifiestan, que pronto sanará, gracias a su fe.

Por su parte, Rafael Olivo, un robusto hombre de 60 años, alcanza a comentar que hace el ritual pidiendo por la salud de los enfermos que lo necesitan en este momento. Oriundo de Santa Lucia, ‘Rafa’, como es conocido, viste una indumentaria de esclavo, con una gruesa cadena colgando de su cuello y una corona en su cabeza, mientras se castiga con una vieja correa de cuero.

Las historias se repiten una tras otra, todas con algunos elementos en común, la petición por enfermos o el pago de las promesas o favores recibidos y por supuesto, la fe, el fervor y el agradecimiento de los flagelados y nazarenos.

Algunos, como ellos mismos lo cuentan, deben pagar su manda de por vida, pues así lo establecieron en su pacto ante Dios, otros por su parte, ‘cuadraron’ un tiempo determinado, pero muchos, como Nicanor Conrado Herrera, con 12 años fustigando su cuerpo, expresan que pese a lo duro y sufrido de la manda, no se arrepienten de lo que hacen, puesto que emulan apenas una ínfima parte del sufrimiento que tuvo Jesucristo el día de su muerte.

La tradición de los penitentes sigue siendo controversial, por lo fuerte de la actividad como tal, pero la idiosincrasia de los tomasinos y los feligreses que profesan una fe conmovedora, la han mantenido viva por 175 años aproximadamente y al parecer seguirá por muchísimos más.


